No estar allí

El domingo pasado estaba nostálgica. Era el día de las madres. Mis hermanos prepararon comida rica, cada uno llevo un platillo a casa de mami: frittata, pavo relleno de yuca, paella. Una variedad de sabores según lo que cada uno quiso aportar, pero todos con el mismo fin: evitar que mi madre se metiera en la cocina todo el día como suele hacer para complacernos con sus exquisiteses, pero que luego la dejan exhausta y casi sin ánimos para compartir luego de una victoriosa battala en la cocina. Ese domingo, como tantos otros durante los pasados meses, quise estar allí, poder haber hecho una contribución un postre quizás o una ensalada por aquello de complementar. Por lo menos me pude dar el gusto de hacer videochat un rato con mi ma, recordarle cuánto la amo y echo de menos. Quisiera haber estado más cerca para dejar los libros un rato, abrazarla y decirle en persona lo mucho que ha significado para mí, que le agradezco que nos amara como lo hace con sus consejos, su apoyo y su forma de dejarnos a veces resistente inicialmente de dejarnos ser, de celebrarnos en nuestra diversidad que somos mis hermanos y yo. Incluso tendría que agradecer las discusiones o desesperaciones cuando no nos entendemos, cuando nuestras diferencias nos llevaron al silencio temporero de aceptar que no estaremos de acuerdo, cuando nos creemos tan distintas una de la otra que no nos damos cuenta lo parecida que somos. Pero en todos estos años, la cosa que más atesoro es haber aprendido de mi mamá (y de mi abuela también) es que las ideas o creencias que tenemos no tienen que ser eternamente fijas, que las experiencias de vida nos cambian, que las relaciones que tenemos con nuestros seres queridos pueden ser más fuertes si aceptamos nuestras diferencias. El domingo quería estar allí por mi familia, por mi mamá, por mis hermanos.

Hoy también quisiera estar allí, por mi familia, por mis sobrinos y sobrinas, por mi país que más que un pedazo de islas en el caribe es mi hogar. Hoy desperté antes de que sonara el despertador y no fue por algún rayo de sol en mi cara, como ocurre a veces. Soñaba con material de mis exámenes… específicamente sobre teorías de derechos y democracia. Para una de mis clases, discutíamos sobre la legitimidad del Tribunal Supremo (o Tribunal Constitucional de un país) para decidir sobre conflictos reales en relación a los derechos. Una teoría (Waldron) dice que es en la Legislatura donde se debe resolver un asunto de esa naturaleza porque es la legislatura quien representa al pueblo. Es allí donde opera realmente la democracia, pero cabe resaltar que esta teoría se basa en la presunción de que esta legislatura funciona bien y que hay un compromiso real entre los miembros de la sociedad con los derechos individuales y de las minorías. Otra teoría considera que los tribunales que resuelven controversias consitucionales están mejor situados para resolver controversiaws relacionadas a derechos porque ese tribunal tiene (o se supone que tenga) como guía la constitución que defiende los principios de igualdad, libertad y vida en comunidad. Esta teoría (Dworkin) considera que la democracia basada en el principio de la mayoría no es suficiente para proteger las minorías. Reconoce que hay momentos que la opinión de la mayoría no puede ser el elemento decisivo porque se violarían unos principios fundamentales reconocidos en la constitución. Es decir, el principio de igualdad significa que cada ciudadanx tiene derecho a que se le respete y considere de igual manera que a todas las otras personas, pero aparte se le debe considerar particularmente cuando existe una situación que le afecte particularmente. Bajo esta teoría, lo tribunales entonces son los llamados a hacer un análisis constitucional de la decisión de la mayoría, cuando esta no tomó en consideración seriamente la situación particular de alguien, pero es partiendo de la premisa que la constitución guiará el análisis judicial y que no resolverán una controversia tirándole la bola a la legislatura para que los derechos sean decididos por la mayoría.

No pretendo aburrirles con estos temas teóricos, sino que quiero presentar dos formas de entender el funcionamiento adecuado de una democracia constitucional. A pesar de las diferencias, ambas parten de la premisa que hay límites a ese factor representativo de las legislaturas, la minorías numéricas tienen que ser tomadas en consideración cuando son afectadas particularmente. Despetar con estas ideas en la cabeza no es meramente una consecuencia de mis horas de estudio. Y es que lo que va a pasar en el día de hoy (sea lo que sea) no es menor. Se trata de una votación en la Legislatura sobre el reconocimiento (o rechazo) de la diversidad existente en nuestra sociedad. Una diversidad (entre muchas otras) que existe socialmente, innegable desde el punto de vista sociológico. Por eso, no es casualidad que el Colegio de Trabajadores Sociales de Puerto Rico haya sido tan contundente en su apoyo al proyecto de ley, pues nadie puede decir que las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgénero no existen en Puerto Rico. Tampoco puede decirse que estas personas no comparte con el resto de la sociedad una humanidad común, que en vez de discutirse desde lo que es “natural” (concepto bastante debatible como manipulable) se debe entender desde la óptica del diario vivir. Pues de eso se tratan las medidas que se han presentado para garantizar a estas personas los mismos derechos que tenemos el resto. Lo que buscan estos proyectos de ley es proveer protección a unas personas a quienes se les ha negado el principio más básico de nuestra constitución: igualdad ante la ley. Porque no fue la constitución la que creó una distinción entre personas LGBT y las que no lo son (o no lo parecen), no fue la constitución la que dijo “estas personas merecen ser discriminadas, no se les pueden reconocer los mismos derechos en el empleo porque su ciudadanía es parcial porque no son una mayoría de la población.” Yo hoy apuesto a una legislatura que protege los derechos de las minorías, más allá de la opinión que tenga la mayoría de la población sobre el tema. No voy a negar que en parte apuesto con más fuerza a la legislatura porque sé que nuestro tribunal no es ese tribunal de la teoría que se guía por los principios de la constitución para proteger derechos humanos.

Quiero pensar que existe en esa legislatura una cierta enterza moral de poder mirar al final del día a sus familiares, amistades y personas conocidas que son LGBT y decirle que en esta democracia no hay tiranía de la mayoría. Hoy quisiera estar allí para vivir esto en directo, para estar frente al Capitolio cuando baje la votación y celebrar los esfuerzos de todas las personas solidarias que se han dado la tarea de explicar que hoy nos jugamos el futuro de inclusión o exlusión de muchas personas. Hoy se decide si se da reconocimiento formal al derecho que tienen estas personas a ser respetadas y consieradas en su diversidad o si se avala una discriminación que no se salva de ningún escrutinio liberal-democrático. No estar allí hoy me desespera.

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Advertencia: demasiado feminista… para tu gusto

Hoy un compañero del programa de estudios se acercó a mí y me dijo “tú eres demasiado feminista”, pregunté por qué y, aunque todavía no estoy segura la médula de la crítica, creo que iba por la línea de: entiendo que luchen por los derechos de las mujeres y la igualdad, pero a veces son muy radicales, al punto de cuestionar la relación natural entre hombres y mujeres. Yo le pregunté por ejemplos específicos que le parecían radicales sobre mis posturas y, aunque no me supo dar detalles, me preguntó si creía que los hombres debían ser caballerosos. Esta conversación-debate-discusión, no sé ni como definirla, se tornó en una diálogo entre gente sordomuda. Quizás eran las copas, quizás eran las ideas. Como me pasa a veces, me exalté en mi defensa de ser “muy feminista” y me dijo que era violenta con mi forma de hablar. El diálogo no fluía y yo dejé de intentarlo, lo invité a tomar un café cuando guste intercambiar ideas seriamente.

Como es típico en mí, me quedé pensando en el tema. No es menor el punto que me trae este auto-proclamado conservador que respeta muchísimo a las mujeres. No es la primera persona que me dice que soy muy radical, ni será la última, aunque yo nunca me he visto a mí misma así, aunque crea que mis ideas tienen fundamento, aunque piense que el adjetivo es un mero prejuicio.

Sé que la palabra feminista es mal vista en estos días. Sé que a muchas mujeres independientes, agentes propias de sus vidas, les ofendería que les llamen feministas. Sé que quedarse sola asusta. Pero también sé que hay opiniones que tengo claras que se tildan de “feministas” y que hay otros asuntos sobre los que no tengo una opinión definida. Sé que muchas veces no coincido con mis amigas feministas sobre posturas ligadas a lo que es el discrimen por género. Sé que mucha gente que se niega a autoproclamarse feminista cree sinceramente en la equidad de género y dirían algo –aunque sea en privado– si observan alguna forma de discriminación contra una mujer.

Entonces me preguntó qué ven en las luchas feministas más allá de una lucha por los derechos, una lucha anti-discriminación. Podemos discrepar sobre ciertas formas de discriminación, sobre qué constituye discriminación, así como discrepamos sobre otros derechos, pero hay que hablarlo, con respeto y sin prejuicios. Quizás para alguien regalar muñecas a todas sus sobrinas y pistolas de juguete a todos sus sobrinos no es reforzar estereotipos que mantienen a la mujer en una situación de dependencia al hombre que termina por ser discriminatoria a largo plazo o la mayor disposición de los hombres a ser físicamente violentos. Quizás no está ahí el problema, quizás ni abona ni nada, quizás no es cierto que todo sea una construcción social de géneros. No lo sé con certeza, pero sí lo creo.

En cuanto al tema de la caballerosidad, quienes me conocen saben que no me importa nada, no lo exijo, ni lo espero, ni me interesa en mis relaciones con hombres (porque no los odio y a veces hasta me gustan algunos). Me parece que socialmente debe haber una cortesía con todo el mundo, una consideración de, por ejemplo, aguantar puertas si la abres y alguien viene justo detrás, entre otras minucias de buenos modales que debemos practicar todos y todas para una convivencia más placentera.

La mayoría de la gente que critica el feminismo no conoce el término dentro de su contexto teórico, menos las dinámicas internas de los movimientos feministas. Quienes conocemos un poco o un poco más, aseguramos que no hay un solo feminismo. Pero, sobre todo, aseveramos que el feminismo es la búsqueda de la eliminación de toda forma de discriminación hacia las mujeres. Sí, discriminación. No coincidimos en cuál es el mejor abordaje, ni en algunas especificidades de situaciones o casos sobre si llegan a ser discriminación o no, ni en cuál es la mejor estrategia para que la equidad sea la norma. Sin embargo, el norte sigue siendo el mismo.

Para alguna gente, el beso que me tiró un tipo que pasaba en motora mientras no me daba paso no es razón para incomodarme. Exagero, qué tiene de malo que me coqueteen, el problema no es el beso, es que soy demasiado feminista. Pues, puede ser. Pero, cualquiera que me conoce sabe que no soy anti-coqueteo, yo misma coqueteo, y mucho. Sobre la razonabilidad de mi incomodidad, mejor que le pregunten a mujeres “no feministas” si les “gustan” los “piropos” y besos lanzados por desconocidos. La respuesta más a favor de estos gestos y comentarios que he escuchado es “yo simplemente los ignoro.”

Siempre me he considerado una persona crítica, no me “caso” con nadie, ni con ideas generales ni con posturas particulares. Me gusta que pongan en duda mis opiniones y que me expongan nuevos puntos de vista, pero no acepto que me estereotipen a base de un prejuicio, de ser “demasiado feminista”.