londres: de holas y adios

Hoy comenzaba oficialmente mi aventura londinense. Era un día de emoción, de explorar y de descubrir. Sin embargo, estoy llena de tristeza, nostalgia, melancolía. Un buen amigo me dice que la nostalgia al viajar significa que se dejan cosas que se quieren.  Ya lo sabía, pero hoy me dio de golpe en la cara. Espero no llorar cuando Sabina y Serrat me canten Calle Melancolía el próximo jueves, pues espero haber tomado ya el tren en dirección a la alegría. No es que sea alérgica a las lágrimas (ya me basta con todo lo que circula por los aires), pero prefiero ofrecerle al mundo y sus gentes una sonrisa.

Mi papá voló de regreso a casa esta mañana, nos despedimos a las 7am. Me dio un beso, un abrazo y uno de sus consejos: “aprovecha el tiempo de estudio, recuerda que ya siempre habrá tiempo para la fiesta y es mucho el préstamo que estás cogiendo”. Me despedí como en las películas, siguiéndolo con la mirada y moviendo la mano por si miraba por la ventana. No me fui a dormir, aunque era lo que el cuerpo me pedía. Me tomé el capuchino que le pedí y que no le dio tiempo a tomar porque el shuttle llegó para llevárselo. Luego me fui a caminar por esta ciudad inmensa que será mi hogar por el próximo año. No era pasear, tenía un propósito concreto: comprar sábanas y toallas. Al final del día, llegué a mi hospedaje con las manos vacías y la cabeza llena. Me ha sido muy dramática esta despedida.

Hace más de una semana que digo hasta luego a mucha gente muy querida. De camino a Londres, recibí textos de varias amigas, palabras de ánimo, cariño y admiración. Me hicieron reflexionar sobre mi relación con estas mujeres maravillosas (y algunos hombres, pero son menos) que son mis amigas, mis hermanas y compañeras de vida.  Siempre bromeo con que soy selectiva con las personas que entran a mi reino, pero una vez entran se quedan para siempre. Lo tengo claro, no me gustan las despedidas, más que otra cosa porque sufro cuando la gente que quiero desaparece de mi presente, ni hablar de quienes desaparecen indefinidamente. Por eso no me gustan las peleas, menos eso de dejar de hablarse por cualquier tontería. Y entre mensajes y pensamientos me di cuenta de que esta territorialidad que tengo para con mis amistades me ha hecho creer que estarán ahí para siempre. Es un sentimiento que no he desarrollado nunca en una relación de pareja, ni con los amores que más me han calado por la ilusión de una unión prolongada, la pasión más intensa o el profundo entendimiento mutuo. Ningún hombre me ha dado esa vibra de eternidad en mi vida. Tampoco he buscado eso en mis parejas.

Sin embargo, como dicen por ahí, la familia es otra cosa. Ese hombre, en quien tampoco hubiera confiado ciega y eternamente como pareja, ha dicho presente en todos los momentos claves de mi vida sin siquiera pedírselo.  Siempre tiene alguna ocurrencia, anécdota o consejo. No siempre son los más políticamente correctos, pero son su forma de demostrarme que se preocupa y que me quiere. Tiene edad suficiente para ser mi abuelo (de hecho, papi ya es bisabuelo), pero es prueba de que la edad es sólo un número. Sigue manteniendo una mezcla única de tipo estricto, misterioso, paternal, charlatán y jovial.

Siete días en Londres me han bastado para saber que me espera un año de situaciones inesperadas, de sentimientos encontrados y de mucha intensidad mental. Papi vino conmigo a Londres con una meta, brindarme apoyo durante mi búsqueda de vivienda. Misión cumplida, como suele hacer, no me dijo qué hacer ni nada por el estilo, simplemente estaba ahí para cuando quisiera preguntar su opinión y para no sentirme sola. Extrañaba a mi papá y ahora que sentía que lo recuperaba en mi presente, que nos volvíamos a conocer, nos separamos otra vez.

El 8 del 8 de marzo

  • Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
  • ¡Qué poco es un día, hermanas, qué poco,
  • para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
  • De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
  • -toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
  • deberían pavimentar de flores para celebrarnos…

-Gioconda Belli

.8.8.8.8.8.8.8.8.

Por alguna razón que todavía no logro entender bien, el 8 de marzo, día internacional de la mujer, desata año tras año una ola de resistencias y críticas. He observado a personas cercanas y otras más lejanas hacerse un “8” en cuanto al tema. Existe una confusión generalizada sobre qué se supone que se haga o se diga a las mujeres en este día: ¿acaso envío flores o mejor simplemente un buen deseo?

No faltan los comentarios que cuestionan la “necesidad” de un día dedicado a las mujeres cuando no hay otro para los hombres o que ridiculizan a quienes protestan, marchan o se manifiestan días como ese. Incluso, hay quien me ha dicho en tono burlón: “ahora se habla de una semana de la mujer, ya veo que hay progreso”. También sobran los piropos y las felicitaciones porque “ser mujer es ser elegida para traer vida al mundo”.

El 8 de marzo no se trata de reconocer las bondades de ser madres (o madres potenciales), princesas de cuentos rosas o mujeres que brindan consuelo, apoyo o consejo a las personas que le rodean. Tampoco debe ser un día para exaltar la belleza femenina. Quiero pensar que estas prácticas son producto de la ignorancia sobre la historia del 8 de marzo y no un menosprecio a lo que se conmemora, su propósito y significado. Repasemos esos eventos del pasado que marcaron el presente.

El 8 de marzo de 1857 hubo una huelga de mujeres que trabajaban en la industria textil en el estado de Nueva York. Protestaban para mejorar sus salarios y condiciones de trabajo, pero fueron reprimidas a macanazos por la policía. En 1908, miles de mujeres marcharon en la ciudad de Nueva York, exigiendo jornadas más cortas de trabajo, mejor paga y el derecho al voto. A partir del año siguiente, las socialistas estadounidenses comenzaron a celebrar Woman´s Day el último domingo de febrero.

En 1910, durante la segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhaguen, Clara Zetkin, líder del movimiento alemán de mujeres socialistas, propuso que se hiciera una celebración a nivel internacional para la reivindicación de sus derechos políticos y laborales. Así se hizo en varios países europeos en marzo de 1911. El 25 de ese mes, más de 100 mujeres y niñas que trabajaban en una fábrica en Nueva York murieron calcinadas a causa de un fuego en la fábrica. La desgracia ocurrió, en parte, por la falta de medidas adecuadas para situaciones de emergencia.

El 8 de marzo de 1917 (calendario gregoriano), una protesta de mujeres en Rusia que exigía “pan y paz” originó una revuelta que culminó con la salida del zar y la entrada al poder de un gobierno provisional que reconoció el derecho al voto de las mujeres.

En 1975, las Naciones Unidas declaró el año corriente como el Año Internacional de la Mujer con el objetivo de crear conciencia sobre la situación de las mujeres en el mundo. Dos años después, en 1977, se declaró el 8 de marzo el día internacional de la mujer. Desde entonces, se han hecho múltiples conferencias internacionales con representantes de los estados miembros para discutir situaciones de discriminación hacia las mujeres. Usualmente las Naciones Unidas escogen un tema para diseminar información sobre la situación de las mujeres en esa área. Por ejemplo, en el 2012 se dedicó al empoderamiento de las mujeres en áreas rurales, con el fin de combatir la pobreza y el hambre. Lo que resulta evidente es que en el mundo del siglo XXI las mujeres seguimos discriminadas en múltiples facetas de nuestras vida.

Quienes denominan a personas como yo de feminazi, feminista radical u odia-hombres deben tener tan inflada su burbuja de comodidad que les parece que señalar las injusticias o instancias de discriminación es una actitud extremista.

Lo cierto es que no vivimos en equidad. Aunque la mayoría de las mujeres trabajen fuera del hogar, siguen siendo las principales cuidadoras y quienes asumen la tarea reproductora, incluso sin así desearlo, negándose a sí el derecho a decidir sobre sus cuerpos y, en muchos casos, juzgando a quienes sí lo hacen. Aunque somos más las mujeres con grados académicos y profesionales, somos las únicas que enfrentan un techo de cristal. Aunque las mujeres han asumido muchos roles asignados históricamente a los hombres, estos no han hecho su contraparte, lo que ha implicado una sobrecarga para muchas mujeres. Aunque hay mujeres que incluso son maltratantes, es abismal la diferencia entre el número de víctimas féminas y varones que mueren a manos de sus parejas o exparejas. Aunque las mujeres también participan en el mundo laboral, aún persisten los comentarios sexistas, las dudas sobre la capacidad productiva de las mujeres en época reproductora y las trabas para acceder a puestos poder.

El 8 de marzo no es un día de flores, deferencias o felicitaciones. Es un día de solidaridad con todas las mujeres de nuestro país y del mundo que viven la discriminación en alguna de sus múltiples manifestaciones. Es un día para conmemorar las luchas libradas, defender los derechos ya reconocidos y traer al debate público las preocupaciones que nos afectan en relación a nuestros derechos humanos.

Disculpen si en un principio les induje a error, pues sí entiendo la resistencia que persiste, simplemente no la acepto. Me niego a perpetuar un status quo que no me reconoce como persona igualmente valiosa que los hombres. Deseo que las mujeres seamos autónomas verdaderamente y lucho para lograr esta meta para todas, no solamente para unas pocas. No niego que algunas han sobrevivido mejor que otras al creerse iguales a los hombres en nuestra sociedad, pero quizás sufren en silencio las expresiones más sutiles de la violencia sexista, administran solas el hogar compartido o llevan por la inercia de la tradición la carga reproductora.

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bienvenido seas 2012

A mí me gusta despedir el año.

Quizás es cierto eso que dicen algunos: con el año nuevo sigue la misma mierda de siempre. Supongo que es mi usual optimismo y mi fascinación con los cambios, los retos, lo desconocido… en fin, todo lo nuevo… pero me disfruto el conteo regresivo de esa falsa esperanza.

¿para qué sirve despedir un año cuando le siguen otros 365 días de lo mismo?

Esos últimos días, mientras se repasa en la prensa las mejores películas, las canciones más populares y los chismes más comentados, yo voy pensando qué experiencias me hicieron crecer como persona. Disfruto recordar qué aprendí de mí, de mis anhelos y de mi construcción de mundo. Entonces me redescubro y me reenergizo. No sé cuanto tiempo me dure, quizás no pase de 24 horas, pero durante ese periodo, me da perspectiva.

Me gusta repasar lo transcurrido, las vivencias, lo aprendido.

El 2011 fue para mí un año de extremos y de introspección. Sufrí y lloré, reí y lloré. Aprendí que así como hay personas que te marcan, probablemente has provocado o provocarás una transformación igual de potente en alguien más. Porque la gente se une por esas cadenas ridículas que nos hacen sentir como una gran familia incestuosa, donde todo se sabe y todo se ignora. Después de sudar pesadillas sobre mi mundo personal, pude volver a soñar con otras verdades, otras tierras y otras pasiones.

¿qué fue lo mejor de mi 2011?

Por un lado, todo lo que aprendí. Entre todas las cosas que descubrí de mí misma estas fueron las más sobresalientes. Me encariño fácilmente con las personas que me abren su corazón y una vez les hago un espacio en mi corazón, se me hace muy difícil sacar esa gente de mi vida. El desear, el querer, el enchularse, el encariñarse, el amar y el enamorarse son todos muy distintos, cuando aprendemos a distinguirlos disfrutamos mejor su potencial. Creo que las relaciones más maravillosas se dan en un ambiente de buena energía, admiración y apertura a apreciar las diferencias. No soy rencorosa, aunque a veces he querido serlo para evitar ese problema de tener tan corta memoria. Y hay cosas que por más que trate de entender, son simplemente incomprensibles, tengo que reconocerlo, pasar la página y seguir andando. Mis amistades son mi familia elegida, mis pilares de apoyo y mis compañeras de vida.

Definitivamente este fue un año de amistades. Formé relaciones enriquecedoras con personas admirables con quienes compartí momentos inolvidables. Se fortalecieron lazos recientes que hicieron de ciertas personas parte imprescindible en mi vida. También tuve reencuentros con amistades que extrañaba, con quienes pude revivir lindas memorias y me llenaron nostalgia: 10 años del colegio, 6 años desde la universidad, 5 años desde mi tiempo en madrid. Fueron buenos tiempos, me hacen pensar que vendrán otros mejores.

Por todo esto, creo yo, vale la pena brindar cada 31 de diciembre cuando dan las 12.

De refranes y algunas nostalgias

Hace alrededor de dos semanas me monté en un avión en dirección al pasado. Tenía la boda de una amiga en Boston, ciudad donde cursé mi bachillerato. No había vuelto desde el verano de mi graduación. Seis años parecen nada, mas sin embargo, todo había cambiado. Tan pronto llegué fui a deayunar al café Espresso Royale, mi favorito. Ya no estaban los sofás usados y sucios que te hacían sentir en tu casa. Aquellas mesitas pintadas a la moda artsy eran eso, mesitas de café para dos… o una. Me acompañaba mi maleta pequeña. Empaqué liviano porque sabía que con ella recorerría la ciudad durante todo el día y toda la noche, o por lo menos hasta que llegara una amiga que me albergaría a la noche. Según pasaban las horas y paseaba por las aceras de mis recuerdos, se me tornaba más pesado el camino. Ese era el equipaje más pesado, los malditos recuerdos.

Entre cafés, siestas y conversaciones con desconocidos, me pareció reconfortante saber que lo sustantivo de la musaraña en mi cabeza quedaba en el pasado. Las pláticas, las risas, las interrogantes, las dudas, las ganas, las discusiones y las lágrimas de aquellos años ya no me afectan. Esta idea me llenó de nostalgia y, a la misma vez, de un tremedo sentido de libertad. Es cierto, hoy será ayer, mañana no ha llegado y la luz de a’lante es la que alumbra.

La boda se dio, a pesar de mis atrasos matutinos, del tráfico causado por la carretera cerrada y de mi traje roto. Después de todo, la novia estuvo a tiempo y no se pisó su traje. Me reencontré con mis viejas amistades, nos contamos las anécdotas de antes y los chistes de siempre. Disfrutamos de la fiesta como en los viejos tiempos y nos despedimos con la promesa de no esperar tanto para una próxima vez. Lo prometido es deuda, a ver cuando cobramos.

Volver al presente no era tarea difícil, me gusta mi trabajo, tengo amistades que adoro y mis relaciones de familia pasan por un periodo de madurez inusual. Sin embargo, la nostalgia no se quedó en el avión.

Me he sentido desencajada, con la cabeza revuelta y con el cuerpo de huelga. Duermo mal, me dan achaques físicos, no entiendo nada. Para colmo, hoy desperté con antojo de café cola’o, del de abuela. Yo que dependo de una máquina espresso para que me quede decente y como el de ella no hay otro, decía que era por el amor con el que lo hacía (estas cursirerías sí me gustan).

No sé si será mi afinidad por los números impares o una simple continuación de la nostalgia que vengo arrastando desde Bostom, pero van tres años y últimamente la extraño más que hace 12 ó 24 meses.

Abuela era una mujer fuerte de las de antes. Quedó huérfana a corta edad y la separaron de sus hermanos porque nadie podía hacerse cargo de todos. En su juventud se enamoró de un hombre que no le correspondió como ella merecía, pero que le dejó a mi mamá en la barriga. Poco después se casó con el padre de sus otros siete hijos. Trabajó en la casa y, en ocasiones, fuera. Nunca guió, pero siempre estuvo disponible para resolver, para cuidar, para criar. Aunque oraba mucho y se preocupaba por cada uno de sus hijas e hijos y de sus 22 nietos, no tengo memoria de alguna queja que tuviera (hasta que llegaron los dolores que le explotaban la cabeza).

Cuando yo estudiaba en Boston, en más de una ocasión me sorprendió abuela con una carta. Me gustaba mucho su letra cursiva; yo nunca tuve linda caligrafía. Ella a veces incluía un billete de $20, dobladito dentro de papel periódico, yo siempre lo abría a ver que sección del diario descartó. Sí, yo tuve la dicha de leer manuscrito, recibido por correo regular (snail mail le dicen ahora despectivamente, sin considerar lo especial que hace sentir recibir una cartita). A abuela la culpo de ese afán que me dio con enviar postales de todos los lugares que visité en Europa. Cuando quería hablarle, la llamaba temprano porque era de quienes piensan que a quien madruga, le dura más el día.

…y viendo los juegos de la NBA, no pude evitar recordar cuando visitaba a abuela Carmen. La encontraba en el sillón, viendo un juego de baloncesto superior, mientras los labios se movían al ritmo de algún rezo del rosario, que se permitía interrumpir para mantenerme en la conversación. Algún buen consejo me daba, mediante dichos, refranes u otras expresiones que llevo conmigo. Dos de mis frases favoritas eran “ese no es santo de mi devoción y “santo que no me quiere, con no rezarle tengo”. Era reservada sobre su vida, pero me dejaba indagar con preguntas y transmitía mucha sabiduría, pero se me hizo corto el tiempo.

El cáncer la devoró. En cuestión de pocos meses, ya no parecía ella, hasta que el tratamiento la mandó al hospital. Yo la recuerdo como antes y días como hoy la siento tan viva como si no se hubiera ido.

Sin palabras

En algún momento hemos usado esa frase que dice tanto con tan poco: sin palabras.

Hoy es un buen día para buscar dentro de nos y a falta de una frase más acertada, repetirla.

Nos quedamos sin palabras cuando expresar nuestro sentir se dificulta porque el sentimiento es tan grande que no hallamos la expresión adecuada.   Nuestros labios se mueven, pero aun así no nos parece atinado y volvemos a quedar en ese vacío lingüístico.  En ocasiones las palabras se escapan porque nos golpea una tristeza embrutecedora.  Otras veces es fruto de un instante de felicidad abrumadora.  Muchas más veces es fruto de una indiferencia incontrolable.

A la gente le molestan las quejas, cuando no son las suyas.   A la gente le gusta el poder, cuando puede abusar de él.  A la gente le cansa la queja que no produce.  A otra tanta gente también se le olvida la queja.  A otra mucha gente le aterra la queja incluso más que su posible consecuencia: la violencia.  A veces la gente se queda sin palabras por impotencia, a veces por inercia.  Pero a la gente le tiene miedo quien abusa del poder porque se generalizan las quejas, haciendo de todos, las que eran de pocos.

En tiempos recientes me ha ocurrido esto de quedarme sin palabras con una frecuencia preocupante.   No, preocupante no. Alarmante.  Entonces trato de convencerme que me ocurre sólo a mí, que soy la única paralizada en movimiento, pensamiento y verbalización.  Que el resto correrá cuando me siento, ideará lo impensable, gritará lo que yo callo.

Hoy he visto cómo quieren silenciar la Universidad a la fuerza, pero la queja del estudiantado es hace tiempo la queja del pueblo, de ese colectivo que ya no sabe qué derechos aún no le han arrebatado.  La frustración me ha dejado sin palabras, pero no puedo quedarme en silencio porque quien calla, otorga.

Del amor y otros… ¿contratos?

El amor es un negocio bilateral, o sea entre dos partes. Negocio porque ambas partes ofrecen, aceptan y rechazan. Sin esa condición de mutualidad, no se le puede llamar por su nombre. El amor unilateral no existe, o por lo menos de nada bueno sirve porque sólo causa sufrimiento. El propósito de cualquier negocio es sacarle algún provecho y el sufrimiento no sería una prestación válida. O por lo menos no debería serlo. Aunque no sea contrario a la ley o a la moral, el sufrimiento es perjudicial para la salud física y emocional. Permitir que una persona negocie su sufrimiento, sería permitir que caiga alguien en la estupidez, lo cual evidentemente es contrario al orden público. Algunas personas dirán: fue un mal negocio, mala suya, mejor suerte en el próximo. Pero evidentemente se estaría violando el principio de la buena fe contractual.

Un contrato, al igual que una relación amorosa se perfecciona “por el mero consentimiento, y desde entonces obligan, no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino también a todas las consecuencias”. La pregunta clave es sobre qué se pacta en una relación amorosa. ¿Acaso el amor puede ser una prestación? ¿Y el amor eterno? ¿O su promesa? Este plazo, ¿sería una disposición esencial o accesoria? ¿Acaso está el amor dentro del comercio de los hombres? ¿Acaso es el amor eterno una prestación posible? ¿O será mejor tener ese plazo como no puesto? El amor definitivamente sería una prestación personalísima, prescriptible y enajenable. También es insustituible –incluso con objeto de la misma especie- e inembargable, pues no podría ejecutarse mediante determinación judicial.

Si el amor fuera objeto de un contrato, también tendríamos que aceptar el principio ese del rebus sic stantibus. ¿Cuáles cambios en las circunstancias harían meritoria ajustar las prestaciones o rescindir de ellas? ¿Basta con alegar normalidad, aburrimiento o falta de deseo? ¿O serían requeridos cambios radicales? ¿Qué cambios sustanciales justifican devolver los sentimientos entregados? ¿Es siquiera posible de devolver?

Entonces, ¿es posible contratar el amor? ¿Puede ser el amor una prestación válida? ¿Acaso debe un tribunal de justicia tener la facultad de inmiscuirse en este tipo de asuntos? ¿Hay alguna injusticia que se pretenda evitar?

Entiendo que un juez no tiene jurisdicción sobre la materia porque, como dicen por ahí “en el amor no se manda… nadie ama a la fuerza”. Es decir, la orden del juez a cumplir con esa obligación que bajo la autonomía de la voluntad contrajo una persona con su pareja no puede ejecutarse. Sobre la “promesa de amor eterno”, podemos decir que es una cláusula imposible que se tendrá por no puesta. Quizás se trata de un mero error obstativo, que cuando se dijo eterno quería decir “mientras dure”, que era un plazo determinable, no sujeto al mero arbitrio de una de las partes –o quizás sí dependía de una sola parte, pero da igual porque es una condición resolutoria– habría que preguntarle a Trinidad como funciona eso de salirse con la suya al decir una cosa cuando se quiere decir otra. En cualquier caso, se podría alegar vicio en el consentimiento y anular todo esto. Algunas personas incluso alegarían dolo o fraude. Pero no hay que ser clarividente ni tener mala intención para que el negocio del amor salga mal, son cosas que pasan.

En fin, el ordenamiento jurídico es incapaz de regular el amor. Alguna vez lo intentaron y crearon el “matrimonio”. [Curiosa palabra esa, parece combinar matriz/madre/¿mártir? con demonio –quizás el hombre que le “cae” o la carga que se le imponía a la mujer o quizás el machismo endemoniado que hay que soportar por ser madre o madre-potencial.] Según el Código Civil, el matrimonio es una “institución civil que procede de un contrato civil en virtud del cual un hombre y una mujer se obligan a ser esposo y esposa”. O sea, el matrimonio es un contrato civil más, qué obligaciones implica ser esposo y esposa… eso se lo dejamos a las leyes para que las enumeren, pero ninguna incluye amarse mutuamente. El simple hecho que no se permita alegar dolo, fraude o engaño para anular un contrato matrimonial nos deja saber que se parte de la premisa que los contratantes ya tienen el consentimiento viciado… pues parten del error: en cuanto al objeto –que obviamente no es el amor– o incluso en ocasiones sobre la persona –ay, ésta no es la persona de quien me enamoré, yo que creía que era un buenazo y me salió Ca…

El amor no puede ser objeto de contrato, por eso el matrimonio no tiene sentido… pero no me malentiendan: no creer en el matrimonio no es igual que no creer en el amor.

estudios y graduación post-huelga

Ayer cuando iba de camino de la universidad a mi apartamento, me topé con la reunión de la Coordinadora en sociales y más adelante en la avenida Universidad me encontré otros compas de la huelga. ¡Que nostalgia me invadió! Me volvió ese sentimiento de familia y pertenencia… recordé los buenos momentos y los más tensos, reafirmé por qué no en vano decimos que la UPR es del pueblo. Quizás es la resistencia a graduarme o el hecho que me mudé recientemente a Río Piedras, pero me sostengo en que la IUPI es mi casa ahora como estudiante y seguirá siéndolo cuando sea egresada.

Las y los estudiantes que vivimos de forma continua o intermitente durante dos meses -ocupamos como poseedores civiles (repaso de reales) afirmando nuestro legítimo derecho a estar allí- hemos sufrido en el último mes algún grado de trauma. La comunidad estudiantil participante en la huelga tenía un propósito concreto en torno a las exigencias que se reclaman a la administración y, sin embargo, ideamos una cierta visión de mundo, definimos una base común que -a pesar de posibles diferencias de estilo, métodos o ideales abstractos- deseamos para Puerto Rico.

Al abrir los portones hicimos lo que nos propusimos desde un inicio: celebramos las victorias, reconocimos las limitaciones de lo logrado y nos comprometimos a no abandonar nuestro fin último, mantener la UPR como una universidad pública, accesible y de calidad. Al revertir el control de la universidad a la administración regresamos a la “normalidad” pre-huelga, realidad que muchas personas nos cuestionamos si es la normalidad que quisiéramos o no. Volvimos a las aulas de clase, a las conversaciones fútiles de los pasillos, a la superficialidad de concentrarnos solamente en terminar el semestre junto a todas esas personas que nos reprochan la huelga porque no les interesa el por qué de la huelga. Es como cuando mi mamá me obligaba a compartir mis juguetes con mi hermano, aunque me diera un berrinche porque sabía que lo iba a romper, dañar o destruir. Lamentablemente así nos pasa con la UPR y con Puerto Rico, tenemos que compartirlo incluso con quienes no se preocupan por su futuro, su mantenimiento o su perdurabilidad para que otras personas puedan disfrutar igual.

En días como estos si miramos al horizonte, la puesta del sol o los libros de los exámenes nos da por reflexionar sobre los pasados meses, sobre su significado individual y colectivo, pero sobre todo sobre las implicaciones para Puerto Rico. Entonces, no he podido dejar de pensar que en unos meses seré otra abogada más -espero que licenciada- con número de colegiada, objeto de chistes sobre nuestra profesión y víctima de las generalizaciones, en muchos casos bien merecidas por quienes han venido antes de mí.  Mientras tanto, me propongo continuar luchando por los derechos humanos, civiles y constitucionales, como hemos hecho desde el CAED -Comité de Acción de la Escuela de Derecho-, la OPDeM -Organización Pro-Derechos de las Mujeres- y el programa Pro-Bono. Invito a mis colegas y compas-huelguitas a aprovechar este tiempo entre el fin de este semestre y el inicio del próximo para analizar cómo desde nuestras respectivas carreras podemos aportar tanto a la lucha estudiantil como a lograr un mejor Puerto Rico.

Lo he dicho anteriormente y me reitero: Puerto Rico necesita mayor compromiso con la justicia social. Toda persona puede aportar a este propósito, desarrollemos la consciencia desde ahora. Si la administración universitaria nos limita la oferta académica a áreas de supuesta necesidad en el mercado -por ejemplo, en Derecho brillan por su ausencia los cursos sobre derechos civiles, justicia social o con perspectiva de género- tendremos que responder con organizaciones estudiantiles que hagan las exigencias pertinentes y que en el ínterin suplan las necesidades del estudiantado a través de actividades extracurriculares. Es imprescindible graduar de la universidad ingenierxs, arquitectxs y planificadorxs que toman en consideración el ambiente y las comunidades; historiadores, psicólogxs y economistas con perspectivas de inclusividad, por mencionar sólo algunos ejemplos. En fin, no intercambiemos el diploma por la consciencia social.