fantasmas de closet

Un mes llevo tratando sin éxito. Lo digo de verdad, quería recibir el año con una entrada nueva, que fuera a tono con los buenos ánimos con los que empecé el 2013.  Sin embargo, a un mes del primer día del año todavía no había cumplido mi cometido. Hoy escribo sin la emoción de lo nuevo y sin mucha esperanza de lo que está por venir. Hoy pienso en el ayer en vez del mañana y quizás debía ser así. Y es que este año para mí es importante porque, aparte de que 13 es mi número de la suerte (era el que usaba en mi camiseta de fútbol cuando podía escoger), significa un cambio diferente al del 2012. Me gusta la idea de cumplir 30 este próximo diciembre, sé que los recibiré mejor que mis 29. Aquel día primero de mes desperté con la pesadez de la juventud vivida, con la tristeza de la espontaneidad perdida y de las dudas arrepentidas. Ese malsabor tenía sabor añejo, a cuento contado, a historia repetida, a noticia de ayer, o antes de ayer. No es casualidad que a partir de ese día comencé un proceso reflexivo que me llevó a la cama del agotamiento, literalmente.

Me explico. El 2012 cerró un periodo de hermetismo tóxico. Hace unos años atrás, una señora que sabe leer los ánimos y las disposiciones me dijo que yo había puesto un candado a mi corazón, que andaba con el corazón helado. Me recomendó tener cuidado y me advirtió de los efectos nocivos de esa situación. Hace poco más de un año atrás un chamán que conocí por casualidad me contó que las hojas de mate mostraban en mi pasado eventos fuertes que me marcaron y que he querido dejar atrás, que he logrado que no afecten mi presente. Resulta que tenían razón hasta cierto punto. He querido centrarme tanto en el hoy, que he estado evitando enfrentarme a fantasmas del pasado. Me he limitado a racionalizar por qué pudo pasar o a qué se debió. A veces, por periodos, incluso de forma secreta y obsesiva . Después de todo, los fantasmas no se ven, por lo menos el resto de la gente no los ve, o no los debería ver. Yo tampoco los quería ver, no quería saber si estaban o no, al menor indicio de visibilidad, les huía. Me refugié muchas veces en licores y conversaciones, otras menos frecuentes en brazos ajenos no-amenazantes. Así los días pasaron a meses y llegué a olvidar la existencia de los dichosos fantasmas.

De pronto, estaba en Londres, fue una decisión importante para mí en el ámbito personal y profesional. Quería estar, aprender, vivir la experiencia londinense. Pero vivir en el exterior a veces tiene un efecto de acercamiento a lo doméstico y lo íntimo. Al poco de pisar suelo desconocido, una sensación inquietante se adueñó de mi sombra. Algunas horas me dejaba tranquila, pero cualquier amague de estabilidad provocaba una intromisión en mi sueño –o falta de– mi apetito o mi ánimo. Supongo que no fue casualidad que terminara yendo a ver el Fantasma de la Ópera y saliera con una mezcla de sentimientos, de la cual resalto cierto desasosiego. Ya conocía la historia de la ópera, hace unos años me devoré la novela, hechizada por la historia de aquella joven ingenua, su secreto y su fascinación por ese ser misterioso.  A mí me intrigan los misterios, pero no me gustan los secretos. Aun así, siempre han estado presente en mí o a mi alrededor.  No sé cómo no até todo antes, pero en diciembre me di cuenta de que, en cada cuarto y cada rincón de mi ser, guardo un fantasma, un miedo o sentimiento secreto.

Son años de fantasmas que circulan en espirales y que juegan al esconder. Fueron años de secretos ignorados y otro tanto de meses de sentimientos enterrados. En fin, me di cuenta que, al partir de la isla, creé mi propia isla. Me aislé, pretendiendo refugiarme en una soledad en sociedad, en la compañía sin sentido, en el pasar de la rutina, en la afectividad hueca. Y así de la nada, un día cualquiera me desahogué el agobio que sentía, la presión autoinfligida por miedo a perder el control, a revivir la vulnerabilidad, a no ser quien he creído… Entonces me di cuenta que ya me daba miedo el miedo, que ya no podía huirle a los fantasmas, que tendría que sacarlos y encararlos. Mientras vertía sentimientos, corría el llanto… en esta ocasión no era agua que salía por mis ojos, era puro sentimiento.

Desde ese día no he podido volver atrás, no he podido poner una reja o erigir una pared. He estado con los sentimientos a flor de piel, recordando con el nudo en la garganta e intentando sanar. Todo me conmueve y me hace llorar. Luego de tanto tiempo de estar “fría y rígida” (en palabras de mi madre) sin botar una lágrima, me hacía falta destapar. Era tan drástico el cambio, que un día entre lágrimas de emoción saludable escribí: Cierra la llave de paso, que se escapa el agua. Se rompió, no sé qué lo causó. Cuidado al abrir la llave, que sale de a chorros. No hay cómo controlarlo, es todo o nada. Si quieres agua, o sale toda de golpe o no sale. Mejor no, deja que pase.

Entonces decidí disfrutar mi año de la suerte, mi resolución para el 2013: no huir más de mis fantasmas y aprender a vivir en paz conmigo y mi soledad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s