De refranes y algunas nostalgias

Hace alrededor de dos semanas me monté en un avión en dirección al pasado. Tenía la boda de una amiga en Boston, ciudad donde cursé mi bachillerato. No había vuelto desde el verano de mi graduación. Seis años parecen nada, mas sin embargo, todo había cambiado. Tan pronto llegué fui a deayunar al café Espresso Royale, mi favorito. Ya no estaban los sofás usados y sucios que te hacían sentir en tu casa. Aquellas mesitas pintadas a la moda artsy eran eso, mesitas de café para dos… o una. Me acompañaba mi maleta pequeña. Empaqué liviano porque sabía que con ella recorerría la ciudad durante todo el día y toda la noche, o por lo menos hasta que llegara una amiga que me albergaría a la noche. Según pasaban las horas y paseaba por las aceras de mis recuerdos, se me tornaba más pesado el camino. Ese era el equipaje más pesado, los malditos recuerdos.

Entre cafés, siestas y conversaciones con desconocidos, me pareció reconfortante saber que lo sustantivo de la musaraña en mi cabeza quedaba en el pasado. Las pláticas, las risas, las interrogantes, las dudas, las ganas, las discusiones y las lágrimas de aquellos años ya no me afectan. Esta idea me llenó de nostalgia y, a la misma vez, de un tremedo sentido de libertad. Es cierto, hoy será ayer, mañana no ha llegado y la luz de a’lante es la que alumbra.

La boda se dio, a pesar de mis atrasos matutinos, del tráfico causado por la carretera cerrada y de mi traje roto. Después de todo, la novia estuvo a tiempo y no se pisó su traje. Me reencontré con mis viejas amistades, nos contamos las anécdotas de antes y los chistes de siempre. Disfrutamos de la fiesta como en los viejos tiempos y nos despedimos con la promesa de no esperar tanto para una próxima vez. Lo prometido es deuda, a ver cuando cobramos.

Volver al presente no era tarea difícil, me gusta mi trabajo, tengo amistades que adoro y mis relaciones de familia pasan por un periodo de madurez inusual. Sin embargo, la nostalgia no se quedó en el avión.

Me he sentido desencajada, con la cabeza revuelta y con el cuerpo de huelga. Duermo mal, me dan achaques físicos, no entiendo nada. Para colmo, hoy desperté con antojo de café cola’o, del de abuela. Yo que dependo de una máquina espresso para que me quede decente y como el de ella no hay otro, decía que era por el amor con el que lo hacía (estas cursirerías sí me gustan).

No sé si será mi afinidad por los números impares o una simple continuación de la nostalgia que vengo arrastando desde Bostom, pero van tres años y últimamente la extraño más que hace 12 ó 24 meses.

Abuela era una mujer fuerte de las de antes. Quedó huérfana a corta edad y la separaron de sus hermanos porque nadie podía hacerse cargo de todos. En su juventud se enamoró de un hombre que no le correspondió como ella merecía, pero que le dejó a mi mamá en la barriga. Poco después se casó con el padre de sus otros siete hijos. Trabajó en la casa y, en ocasiones, fuera. Nunca guió, pero siempre estuvo disponible para resolver, para cuidar, para criar. Aunque oraba mucho y se preocupaba por cada uno de sus hijas e hijos y de sus 22 nietos, no tengo memoria de alguna queja que tuviera (hasta que llegaron los dolores que le explotaban la cabeza).

Cuando yo estudiaba en Boston, en más de una ocasión me sorprendió abuela con una carta. Me gustaba mucho su letra cursiva; yo nunca tuve linda caligrafía. Ella a veces incluía un billete de $20, dobladito dentro de papel periódico, yo siempre lo abría a ver que sección del diario descartó. Sí, yo tuve la dicha de leer manuscrito, recibido por correo regular (snail mail le dicen ahora despectivamente, sin considerar lo especial que hace sentir recibir una cartita). A abuela la culpo de ese afán que me dio con enviar postales de todos los lugares que visité en Europa. Cuando quería hablarle, la llamaba temprano porque era de quienes piensan que a quien madruga, le dura más el día.

…y viendo los juegos de la NBA, no pude evitar recordar cuando visitaba a abuela Carmen. La encontraba en el sillón, viendo un juego de baloncesto superior, mientras los labios se movían al ritmo de algún rezo del rosario, que se permitía interrumpir para mantenerme en la conversación. Algún buen consejo me daba, mediante dichos, refranes u otras expresiones que llevo conmigo. Dos de mis frases favoritas eran “ese no es santo de mi devoción y “santo que no me quiere, con no rezarle tengo”. Era reservada sobre su vida, pero me dejaba indagar con preguntas y transmitía mucha sabiduría, pero se me hizo corto el tiempo.

El cáncer la devoró. En cuestión de pocos meses, ya no parecía ella, hasta que el tratamiento la mandó al hospital. Yo la recuerdo como antes y días como hoy la siento tan viva como si no se hubiera ido.

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Una respuesta a “De refranes y algunas nostalgias

  1. He leído lo que has escrito y te comprendo tanto… Yo también soy víctima de la nostalgia y quizás la mía sea peor porque yo soy emigrada. Solo que cuando regreso, solo de visita, me doy cuenta que mi emigración fue correcta, que allí ya no podía vivir más. y guardo muy tiernos recuerdos de mis abuelas y ahora mismo se me ha ocurrido pensar que las abuelas son los miembros más especiales de la familia, no sé si por los años o porque conocen a todos. Me has hecho pensar en mis abuelas y es bueno. Gracias

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