reflexión en la semana Mayor

De mi bautizo no me acuerdo,  De mi primera comunión recuerdo un poco de las clases, pero un poco más de la fiesta.  Recuerdo que en mi primera confesión estuve más tiempo esperando para entrar que lo que estuve con el cura, después de todo unas mentiritas y otras malacrianzas no merecen más que unas ave marías.  En el colegio estudiamos historia de la religión y de la biblia, y debo confesar me parecían más interesantes que otras clases.  Participé de retiros espirituales y también fui parte del grupo que los preparaba.  Así me involucré, sin proponérmelo, en la religión.

Costa Rica, 2000

Entonces surgió la oportunidad de viajar como misionera y no pude decir que no, y no lo hice.  Fui a Costa Rica y a República Dominicana.  El viaje tenía un propósito dual: ayudar a las comunidades y llevarles un mensaje de fe.  Volví a Puerto Rico habiendo aprendido mucho de ambos propósitos.  Fue allí que me pregunté por primera vez sobre eso que llaman la religión organizada, y que ya había escuchar a algunos llamar la gran mafia.

Arenoso, República Dominicana 2001

Empecé a mirar menos y a observar más, a oír menos y a escuchar más, a preguntar menos y a cuestionar más.  Al volver a Puerto Rico plasmé una de esas interrogantes en un poema, que espero haya pasado a mejor vida, criticando el celibato del sacerdocio.  Me preguntaba por qué no se permitían sacerdotisas y hasta recuerdo decir que el supuesto equivalente femenino, las monjas, tenían un rol insignificante y de sumisión.  Así comenzaron algunas de mis discrepancias con la Iglesia.

Arenoso, República Dominicana 2001

Volví creyendo fielmente que tenemos que salirnos de esos espacios cómodos de nuestras casas de cemento y pisos de loza.   Había conocido una pobreza de la que leía sólo en libros.  Gente humilde, trabajadora y, ¿cómo negarlo?, creyente.  Gente pobre que se enfrenta con problemas de vivienda, de agua y de calidad de vida en general; una realidad muy diferente a la que vivía en Puerto Rico.  Vi como trataron al sacerdote que lideraba el grupo… él era el Mesías, hasta lo recibieron con pencas de palmas.  Claro, si yo llegara cada 6 meses con una carga de ropa, materiales para construcción y otros recursos de necesidad sería toda una diosa.  Que conste que no lo digo por criticar, sino en reconocimiento de lo agradecidas que son estas personas.

Aunque la religión y yo hemos continuado caminos dispares, quiero aprovechar la ocasión.  La impresión que me quedó de esas comunidades y de su deseo de superación se quedó conmigo.  Poco después, me preguntaba si podía volver a participar en una misión de servicio comunitario, pero sin afiliaciones políticas o religiosas.  Creía, y creo, que las personas somos capaces de ayudar a otras sin necesidad de llevar por delante un credo o ideología particular.  Es parte de mi creencia que las comunidades deben desarrollarse según se lo propongan, trazando su norte y su camino.

Comunidad Polvorín-Monacillos, San Juan, PR 2010

Aquellas ideas se durmieron entre estudios y asuntos del diario vivir.

Pero al volver a Puerto Rico luego de varios años de ausencia, me di cuenta que aquella realidad de otros países de América Latina es también la nuestra.  Quizás no la mia, pero sí la de much@s de mis conciudadan@s, incluso de quienes viven a unos minutos de mí.

Techo de madera deteriorado, el Polvorín, PR 2010

En la Escuela de Derecho cada quién elige su área de interés.  A mí mis intereses me reencontraron después de muchos años (temas como el de la situación de las mujeres y el desarrollo comunitario, entre otros).  No es algo que descubrí gracias al Derecho, es algo para lo que se me hace útil el Derecho.

A través de la Clínica de Asistencia Legal he podido trabajar directamente con unas pocas de las comunidades pobres del país.  Me doy cuenta más que nunca de la necesidad de rescatarlas, de que sus líderes se apoderen, para que no dependan del gobierno que se hace el ciego ante su pobreza o que incluso las pisotea o las desaparece.

restos de una casa, el Polvorín, PR 2010

De todo esto me acordaba yo en la llamada semana Mayor.  Mientras jóvenes o adultos se preguntaban si comer o no carne en viernes santo, pensaba en las personas que no tienen proteínas para comer.  Y es que se me hace imposible no hablar de un problema Mayor.  Cada religión tiene su dogma particular, pero todas creen en un propósito Mayor y en un ente Mayor.  Ya sea por esa creencia, por pura sensibilidad o por el deseo de sentir Mayor humanidad en la sociedad, es importante que conozcamos de estas comunidades que en Puerto Rico se dejan en el olvido.  Cuando conozco personas que viven en viviendas de estructura frágil o que tienen miedo de que su comunidad sea desplazada, pienso que tenemos que hacer un esfuerzo Mayor.  Necesitamos Mayor solidaridad y Mayor conciencia social.  Puerto Rico necesita una propuesta coherente de Mayor justicia social, si por nada más, por lo menos por el Puerto Rico del mañana.

Villas del Sol, Toa Baja, PR, 2009

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