En familia… y sin tradición

Durante las vacaciones de clase y las festividades de Navidad, la pregunta más escuchada es: ¿qué has hecho en estos días? Y la respuesta más común es “pues, ya sabes, compartiendo con la familia.”  Hace semanas una pregunta me divaga en la mente, en parte porque un trabajo para clase me obligaba: ¿a qué nos referimos al decir “la familia”? ¿Acaso todo el mundo piensa en lo mismo cuando se usa la palabra familia? Hay quienes conciben un significado único, la familia como la tradicional, la que conocemos y criticamos, la misma de siempre… la de mamá y papá que por amor se procrearon.  Quizás la primera vez que me pregunté si existía un solo modelo de familia fue cuando, siendo adolescente, me enteré que mi papá y mi mamá se divorciaban.  Mis mejores amigas de la escuela también vivían en entornos familiares similares, esos que en aquel entonces la prensa todavía calificaba de “disfuncional.”

Nosotras vivíamos en familias de los Simpsons.  Mi hermano y yo siempre nos la vivíamos peleando y discutiendo, nada de eso de decirnos todo el tiempo cuánto no queríamos esas palabras sólo se usaban días como los cumpleaños.  Claro que eso no quiere decir que no nos defendiéramos ante terceros ni que no nos quisiéramos.  Papi no era exactamente un Homero, pero igual Marge optó por divorciarse.  Fue en ese momento en que me di cuenta que era diferente.  No era porque se me derrumbara el mundo que conocía, me hiciera una persona emocionalmente inestable o porque lo que yo creía que era amor eterno llegó a su final.  Nada de eso.  Eran esos ojos que me observaban con pena cuando caminaba por el colegio y esos murmullos que retumbaban como gritos.  Fue ese trato de compañeras y maestras lo que me hizo vivir en carne propia la otredad.  Desde entonces, me di cuenta que una sola concepción de familia no era posible.  Me negaba a creer que mi familia era una no-familia, se me hacía imposible creer que aquellas compañeras de clase que calificábamos de Flanders vivían en lo que nos decían era el ideal de la familia.  Ya saben, esas familias que siempre están bien puestas, sonríen todo el tiempo y van los domingos a misa.  Esa no soy yo y esa no es la familia para mí.

Recuerdo que tuve un maestro gay cuando estaba en 10mo grado.   Por primera vez conocí, aprecié y admiré una persona gay.  Hoy sé que no es el primer hombre gay que conocía, pero digamos que fue el primero en el que reconocí esa misma noción de otredad.  Para esa misma época me enteraba de compañeras lesbianas que jugaban fútbol conmigo.  Estaban en todas partes “los homosexuales,” quienes supuestamente amenazaban el concepto de familia tradicional.  Se escuchaban comentarios como “pues si quieren vivir en pecado es una cosa, pero adoptar un bebé para criar es otra, eso no se les debe permitir, ¡pobre criatura!”  Pero aquel hombre era para mí un maestro igual que los otros, sino es que más sensible y comprensible.  Aquella compañera de equipo también era como las demás.  Fue así quizás que la homosexualidad me pareció parte de la normalidad.  Entonces, cuando mi propio hermano me dijo que estaba saliendo con un chico y no reaccioné ni asustada, ni alarmada, ni juzgando… él mismo se sorprendió.  Me di cuenta por la risa nerviosa que se le escapó cuando le pregunté ¿quién es? ¿cómo se conocieron?  Con la misma naturaleza con la que le pregunté a otro de mis hermanos cómo conoció a esa chica 10 años menor con la que estaba saliendo.

Mucho ha cambiado desde la secundaria.  Ya la adopción entre parejas del mismo sexo es una realidad legal en muchos países y estados de los Estados Unidos.  Aunque siguen siendo invisibilizados, como en Puerto Rico donde no se les reconoce derechos de pareja ni de parentesco (aparte del lazo biológico).  Recientemente, una noticia causó revuelo: Thomas Beatie es el primer hombre embarazado.

Nació mujer, pero luego se realizó un cambio de sexo parcial, dejándose los órganos reproductivos femeninos. Hoy día está casado con una mujer y tiene un hijo y una hija.  Pero aún así, Thomas, aunque sea en las fotos, parece haber dejado a un lado la otredad y tal pareciera que logró el ideal de la “familia tradicional.”

Ese no es el caso de Scott y Thomas, una pareja de transexuales legalmente casada que espera ahora su primer bebé en pareja, aunque Thomas tiene ya dos niños de una relación anterior.  Esta pareja sí que demuestra la diferencia entre sexo (órganos sexuales / genitalia), identidad de género (sexo con el que se identifican o al que sienten que pertenecen) y sexualidad (sexo al que se sienten atraídos).  ¡Qué buen momento para estas manifestaciones de amor!  Sobre todo porque mientras algunas personas alegan que ese ambiente no es saludable para la crianza de menores, uno de los hijos mayores de Thomas le dice a sus bullies: “You may have a problem with my two dads, but I don’t, so you’re not hurting me.”  Y yo me pregunto qué niño parece más emocionalmente saludable ¿el que ataca e insulta o el que ama y defiende su familia?  Siempre lo supe y no me equivoqué, no existe un único modelo de familia.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿qué significa familia?  La respuesta es más difícil de lo que creía, pero si yo pudiera decidir las reglas del juego empezaría por aclarar que la familia no es solamente la unión entre un hombre y una mujer.  Defino familia como la asociación consentida de dos o más personas que se proveen afecto y cuidado durante un periodo determinado de tiempo.  El concepto de la familia tradicional limita las posibles relaciones afectivas que pueda tener una persona, a pesar de que hay múltiples formas posibles de amor y relaciones afectuosas.  Casos como los de las parejas homosexuales, parejas heterosexuales que no contraen matrimonio, relaciones bisexuales, o de convivencia prolongada.  Es hora de pensar en una forma más inclusiva en la definición de los conceptos que nos afectan socialmente y jurídicamente… después de todo, el mundo sería muy aburrido todas las familias fueran a lo Flanders.

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