La violencia de la violación

El tema de la violencia hacia las mujeres nos toca a todas por igual.  Somos todas víctimas de la violencia, a veces evidente a veces sutil, del sistema en el que vivimos, de la matriz.  Este término se lo debo a la profesora Macarena Sáez, con quien he estado tomando un curso sobre teoría feminista.  La matriz es ese orden jurídico-social que ha creado el status quo, del cual se desprende una jerarquía, unos roles y unas expectativas.  Como parte de esa estructura, hay personas que disfrutan unas ventajas, y como tal las defienden, y hay personas que sufren trato desigual, y como tal lo repudian.  Todas las mujeres, por el mero hecho de nacer siendo mujeres estamos sujetas a la distinción que hace el sistema a base de nuestro sexo, queramos aceptarlo o no.  En estos juegos de poder, la violencia juega un rol importante.  La violencia es el mecanismo que se usa para mantener el status quo.  Toda forma de violencia es inaceptable,  pero quiero dedicar este espacio a una manifestación de violencia que me parece particularmente perversa por las implicaciones que tiene en nosotras mujeres día a día: la violación.   Cuando violan a una mujer, nos violan a todas.

A veces la violencia hacia una mujer es usada por un hombre particular al observar que esa mujer desafía los roles establecidos en la matriz.  En otras ocasiones la violencia ejercida por un hombre hacia una mujer es simplemente la muestra de que la violencia se utiliza como mecanismo de poder, para mantener a las mujeres subordinadas.  Quiero dar varios ejemplos, en particular porque conozco mujeres muy cercanas a mí que han sido víctimas de esta forma particular de violencia.  Muchas personas no se dan cuenta del significado de un acto como ese, del número de víctimas que sufren en silencio y, sobre todo, porque este acto perverso lo cometen mayormente personas allegadas a la víctima.   En Puerto Rico, son miles los casos de violación que se reportan anualmente, de los cuales más de un 70% son perpetrados por un hombre que conocía a su víctima.  Por cada violación reportada, muchas más se mantienen en el silencio del miedo, la vergüenza o el deseo por olvidar.

El ejemplo clásico de la violencia contra la mujer que desafía su rol social asignado es la mujer que sufre de violencia en el “hogar” porque no es la esposita sumisa que su pareja esperaba que fuera.  En ocasiones ocurre cuando la mujer no tolera el trato desigual, cuando reclama respeto a su persona, cuando exige fidelidad, cuando decide que su dignidad vale más que la vida que su pareja le ofrece, cuando protege a sus hijos e hijas del maltrato, cuando hace saber su derecho sobre su sexualidad (a disfrutarla sólo cuando así lo desea y a negar el sexo cuando no le apetece), entre otras tantas instancias en que mujeres se enfrentan a esa asignación del rol femenino en la familia.  Porque la sociedad espera que, en la familia, la mujer sea madre y esposa, pero nunca mujer.  Así es como la violencia en la pareja, aunque no es aceptada, es tolerada.  Muchas veces hablamos de las bofetadas, los puños, los empujones y hasta de las palabras degradantes, pero muy pocas veces hablamos de la violación en la pareja.

No olvidemos que todavía hay hombres que opinan “¿cómo es posible violar a mi esposa? Darme sexo es parte de su deber de esposa.” Para algunas y algunos palabras como estas causan una reacción visceral: ¿acaso se deja de ser persona por estar casada?  Otras tantas personas piensan “yo nunca me vería en una situación así…” por un lado los hombres dirían “yo nunca forzaría a mi pareja” y, por el otro, las mujeres dirían “yo no permitiría algo así, no lo aguantaría y ahí mismo terminaría la relación”.  Pero sabemos que no todos los casos de violación son tan fáciles de identificar o, por lo menos, no los analizamos con tanta severidad.  Creo que todas hemos escuchado o dicho expresiones como “yo se la presto un ratito”, “me desperté a mitad de la noche y él estaba sobre mí, entonces qué remedio”, “es que seguía insistiendo tanto y pues…” Recordemos que la violación es el acto sexual sin consentimiento o cuando el consentimiento no se da libremente, sin importar la relación sentimental que exista entre el agresor y la víctima.

La violación como mecanismo de poder por la mera razón de sentirse con el derecho a esa transgresión la veo sobre todo en el caso de la violación a niñas o jóvenes por parte de un familiar.  Esa palabra es un tanto peligrosa, porque después de todo ¿podemos llamar familia a un padre, padrastro, abuelo, tío, hermano o primo que marca tan negativamente la vida de una mujer?  Una violación de este tipo puede que sea la forma más ultrajante de violación, nos despoja de la seguridad que se supone que sintamos en el hogar.  Seguridad… ¿no es eso lo que diferencia a la familia de las otras personas con quienes nos relacionamos? ¿No se supone que nuestros familiares nos aman y cuidan por el mero hecho de tener lazos consanguíneos? ¿No tienen ellos la responsabilidad de protegernos de los potenciales peligros y daños que se puedan sufrir allá afuera en la sociedad?

Entonces, ¿cómo se atreven a traer esa violencia dentro de las puertas del hogar?  ¿Con qué autoridad nos tratan como objetos sexuales para placer personal? Nos dicen con sus actos lo que no nos dirían con las palabras: al nacer mujer, naciste del lado de la cruz de la moneda; tu cruz es tu sexo.  La vulnerabilidad de una menor ante esta situación no se limita al acto sexual, se extiende al miedo a denunciar.  Aunque toda víctima de violación siente este miedo, la menor que confiaba en este adulto se pregunta: ¿Me creerán? ¿Cómo se sentirán mis familiares? ¿Qué pasará con esta persona a quien las personas más cercanas a mí quieren tanto? ¿Destruiré con mis palabras a mi familia?

Finalmente quiero mencionar los casos que más tememos las jóvenes cuando estamos en nuestra adolescencia: la violación que surge bajo la influencia de alcohol o drogas.  Recuerdo que antes de entrar a la universidad, mis amigas y yo decíamos “eso no me va a pasar a mí, eso le pasa a las que no prevén y no se cuidan.”  Distingo estos casos de la violación por parte de la pareja porque lamentablemente en aquellos casos muchas veces las mujeres se resignan a verlo como un “sacrificio” o algo normal y natural en la relación.  Aquí aquellos casos en los que nuestra capacidad de consentir se impide por el factor externo del algo o fármaco.  Cuando estudiaba en el bachillerato, vivía con amistades.  Al igual que tantas otras jóvenes, me creía libre y en control de mis actos.  Pero en más de una ocasión sentí la fragilidad de ser mujer en un mundo de predadores.  Estos conocidos que se atreven a usar estos mecanismos para violar a una mujer, transgreden la confianza que les hemos dado.  Por unos minutos de placer, marcan toda una vida.

Como mujer activamente feminista, reacciono casi intuitivamente a comentarios machistas.  Entiendo que estas palabras avalan la matriz como la conocemos y, peor aún, la perpetúan. Y es que nos mantienen ante los ojos de quien las prenuncian en una posición desventajada, opresiva y represiva.  La respuesta más común que escucho al retar esas concepciones es “¿por qué te tienes que poner tan a la defensiva?” Es cierto, las feministas de hoy estamos a la defensiva.  Necesitamos estar a la defensiva, para poder defender nuestro derecho a que ninguna mujer, o niña, viva con el miedo constante de ser violada.

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