32 x Oscar que nos une en la distancia

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foto crédito a MVH

En el día de ayer, 18  de junio de 2013, un grupo de boricuas en Londres nos reunimos frente a la embajada de Estados Unidos en una manifestación pacífica para exigir la excarcelación de Oscar López Rivera. Aunque numéricamente fuimos pocas personas, cada quien fue con su gran corazón lleno de orgullo por Oscar y amor por nuestro país. Ayer conocí por primera vez a la mayoría y ya siento esa conexión típica de la hermandad que se crea en las luchas por causas justas. Me hacía falta. A veces siento que la distancia que me separa de la tierra-cuna me hace sentir que no soy parte de los acontecimientos que pasan en la isla, eventos que me importan profundamente. Por lo menos, ayer me sentí más cerca de casa.

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foto crédito a Carlos Marcial Torres

La actividad fue sencilla, siguiendo la convocatoria que se ha lanzado por los medios cibernéticos hicimos una manifestación (casi) silente por 32 minutos. La dividimos en cuatro intervalos de ocho minutos, en los que caminamos con nuestros cartelitos, nos sentamos y luego repetimos. La imponente águila dorada del edificio nos velaba desde su altura y algún funcionario nos tomó fotos. Yo quiero pensar que era por pura solidaridad, pero probablemente me equivoque. Transcurrió el tiempo con la tranquilidad que caracteriza este tipo de manifestaciones, excepto por la pronta aparición de guardias de la embajada quienes circulaban al otro lado del portón portando ametralladoras. Nada nuevo, sabemos que el poder es exhibicionista. No duraron mucho tiempo, probablemente les aburrió nuestro silencio. Posteriormente, se acercaron unos policías londinenses con su amabilidad característica nos preguntaron cuánto tiempo nos quedaba, pues no habíamos obtenido un permiso requerido para la manifestación. “El permiso es importante para evitar que lleguen varios grupos simultáneamente y mantener el orden” dijeron. Nunca hay problemas mayores con las protestas ordenadas, controladas.  Aunque la embajada no está en un lugar tan transcurrido como Trafalgar Square, varias personas pasaron. La curiosidad les llevó a muchas a detenerse y leer. Otras leían y nos miraban mientras continuaban su camino. Al completarse los 32 minutos, recogimos para irnos. Dejamos los carteles en los arbustos y quizás ya no están, pero es muy probable que al menos un transeúnte más se haya detenido a leer y conocer un poco de la historia de Oscar.  Es posible que más de uno haya hecho una búsqueda en google para saber incluso más. Si es así, es indudablemente un gran logro.

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foto crédito a Carlos Marcial Torres

Luego de la manifestación, compartimos un rato en una barra inglesa. Como era de esperarse, éramos el grupo más escandaloso. Nos acabábamos de conocer, pero la conversación fluía como si no fuera la primera. Hablamos sobre Oscar, su fortaleza e integridad. Intercambiamos impresiones sobre cómo nos imaginamos lo que es estar en su situación, obviamente sin idea real de lo que es, pero expresando algunas de las preguntas que quisiéramos hacerle. Continuamos compartiendo nuestros sueños, frustraciones y experiencias respecto a Puerto Rico, recordando el país que queremos aún en la distancia. Fue verdaderamente hermoso.

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foto crédito a Carlos Marcial Torres

Ayer fue un buen día para mí, conocí más boricuas que demostraron un compromiso con la justicia y con su país a pesar de no vivir en la isla. Momentos como estos me llenan de esperanza y de orgullo.

Las buenas historias las hacen los personajes

Tengo que confesar, con un poco de vergüenza, que hace algún tiempo no leo por puro placer, sino que mis lecturas se han dirigido a ser instrumentos de desarrollo profesional. Ya va un año desde la última novela que leí, Arráncame la vida. Me la recomendó una amiga que me conoce bien y, al pasar unas pocas páginas, ya estaba enganchada en la trama, era amiga de la protagonista y hasta le aconsejaba. Aunque no leo con la frecuencia que quisiera, sigo necesitando ese mundo de ficción que me ayuda a evadir mi presente, mis preocupaciones y mis preguntas sin responder. Algunas personas amantes a la literatura estarán un poco ofendidas con que haya reemplazado en tiempos recientes la literatura por series de televisión, pero la realidad es que algunas series, las mejores en mi opinión, logran crear en mi esa misma disociación sin cansarme adicionalmente la vista. No tengo planes de que esta sustitución sea permanente, todavía disfruto de un buen libro y el ejercicio imaginativo de crear una misma las escenas, cada personaje y expresión de sentimiento, pero por lo pronto soy selectiva en las series que escojo según el efecto que busco en ese momento.

 

Recientemente conocí a Dexter gracias a un servicio en línea. A muchas amistades había escuchado hablar de él, pero no quise saber mucho más porque sabía que me gustaría. Desde niña he tenido una fascinación por las historias policiales y, sin embargo, no ha sido el tipo de literatura que he escogido en mi vida. Las historias policiales siempre me han parecido mejores en cine o televisión. Probablemente es una combinación de morbo con gusto por el suspenso. Esas historias de intrigan siempre fueron mis favoritas, tratar de encontrar las claves, identificar a la persona responsable, descubrir los motivos ocultos. Siempre me ha gustado la investigación, por eso mientras mi hermano quería siempre jugar monopolio yo prefería clue y otros tantos juegos de mesa que se trataban de aprender, descubrir, identificar información. Estas pasiones me siguen al día de hoy, pero las investigaciones que deseo hacer no aceleran el corazón como imaginaba cuando me pensaba detective.

 

Desde niña, cuando pasaba los canales de televisión y veía un programa o documental sobre investigaciones policiacas sin resolver, me embelesaba. Mis favoritas eran las de asesinos en serie. A veces sentía un poco de empatía por el asesino si había tenido una niñez desafortunada. Como diría Dexter, hay personas dañadas (“damaged”). En algunos casos tratan de tener vidas “normales” y nunca lo logran. Yo también me sentía así, tratando de ser normal… tal vez todo el mundo tiene un lado oscuro, pensé. Pero eso no es suficiente para entender ¿por qué lo hacen? ¿cómo logran algunos evadir al sistema para siempre? Creo que Jack the Rippeter (‘el Estripador’) nunca fue hallado. Se convirtió en leyenda y se inmortalizó. Siglos después sabemos quién fue y las teorías sobre él siguen en ascenso. Hay algo fascinante sobre los asesinos en serie y, sin querer sonar con tono de aprobación, algunas de sus historias casi logran justificar sus acciones. Yo no creo que nadie merece morir y, aún así, quiero que Dexter logre evadir el sistema. Claro, es un personaje de ficción muy bien creado (como el resto en la serie), con esa complejidad que nos hace creer que son reales, que hace que nos importen. Porque nos reflejamos en estos personajes. Nos reconocemos en personajes como estos, con nuestro lado bueno y el lado malo, con las medias verdades, con los secretos, con las buenas intenciones, con nuestras personalidades ridículamente consistentes o erráticas, con nuestros mecanismos de protección, con nuestros miedos, con el pretender normalidad, a pesar de nuestra peculiaridad.

 

Yo extraño leer literatura, estimular mi imaginación y disfrutar la lentitud de leer palabra por palabra. Pero, por el momento, me contento con las buenas historias que me ofrecen series como esta. 

No estar allí

El domingo pasado estaba nostálgica. Era el día de las madres. Mis hermanos prepararon comida rica, cada uno llevo un platillo a casa de mami: frittata, pavo relleno de yuca, paella. Una variedad de sabores según lo que cada uno quiso aportar, pero todos con el mismo fin: evitar que mi madre se metiera en la cocina todo el día como suele hacer para complacernos con sus exquisiteses, pero que luego la dejan exhausta y casi sin ánimos para compartir luego de una victoriosa battala en la cocina. Ese domingo, como tantos otros durante los pasados meses, quise estar allí, poder haber hecho una contribución un postre quizás o una ensalada por aquello de complementar. Por lo menos me pude dar el gusto de hacer videochat un rato con mi ma, recordarle cuánto la amo y echo de menos. Quisiera haber estado más cerca para dejar los libros un rato, abrazarla y decirle en persona lo mucho que ha significado para mí, que le agradezco que nos amara como lo hace con sus consejos, su apoyo y su forma de dejarnos a veces resistente inicialmente de dejarnos ser, de celebrarnos en nuestra diversidad que somos mis hermanos y yo. Incluso tendría que agradecer las discusiones o desesperaciones cuando no nos entendemos, cuando nuestras diferencias nos llevaron al silencio temporero de aceptar que no estaremos de acuerdo, cuando nos creemos tan distintas una de la otra que no nos damos cuenta lo parecida que somos. Pero en todos estos años, la cosa que más atesoro es haber aprendido de mi mamá (y de mi abuela también) es que las ideas o creencias que tenemos no tienen que ser eternamente fijas, que las experiencias de vida nos cambian, que las relaciones que tenemos con nuestros seres queridos pueden ser más fuertes si aceptamos nuestras diferencias. El domingo quería estar allí por mi familia, por mi mamá, por mis hermanos.

Hoy también quisiera estar allí, por mi familia, por mis sobrinos y sobrinas, por mi país que más que un pedazo de islas en el caribe es mi hogar. Hoy desperté antes de que sonara el despertador y no fue por algún rayo de sol en mi cara, como ocurre a veces. Soñaba con material de mis exámenes… específicamente sobre teorías de derechos y democracia. Para una de mis clases, discutíamos sobre la legitimidad del Tribunal Supremo (o Tribunal Constitucional de un país) para decidir sobre conflictos reales en relación a los derechos. Una teoría (Waldron) dice que es en la Legislatura donde se debe resolver un asunto de esa naturaleza porque es la legislatura quien representa al pueblo. Es allí donde opera realmente la democracia, pero cabe resaltar que esta teoría se basa en la presunción de que esta legislatura funciona bien y que hay un compromiso real entre los miembros de la sociedad con los derechos individuales y de las minorías. Otra teoría considera que los tribunales que resuelven controversias consitucionales están mejor situados para resolver controversiaws relacionadas a derechos porque ese tribunal tiene (o se supone que tenga) como guía la constitución que defiende los principios de igualdad, libertad y vida en comunidad. Esta teoría (Dworkin) considera que la democracia basada en el principio de la mayoría no es suficiente para proteger las minorías. Reconoce que hay momentos que la opinión de la mayoría no puede ser el elemento decisivo porque se violarían unos principios fundamentales reconocidos en la constitución. Es decir, el principio de igualdad significa que cada ciudadanx tiene derecho a que se le respete y considere de igual manera que a todas las otras personas, pero aparte se le debe considerar particularmente cuando existe una situación que le afecte particularmente. Bajo esta teoría, lo tribunales entonces son los llamados a hacer un análisis constitucional de la decisión de la mayoría, cuando esta no tomó en consideración seriamente la situación particular de alguien, pero es partiendo de la premisa que la constitución guiará el análisis judicial y que no resolverán una controversia tirándole la bola a la legislatura para que los derechos sean decididos por la mayoría.

No pretendo aburrirles con estos temas teóricos, sino que quiero presentar dos formas de entender el funcionamiento adecuado de una democracia constitucional. A pesar de las diferencias, ambas parten de la premisa que hay límites a ese factor representativo de las legislaturas, la minorías numéricas tienen que ser tomadas en consideración cuando son afectadas particularmente. Despetar con estas ideas en la cabeza no es meramente una consecuencia de mis horas de estudio. Y es que lo que va a pasar en el día de hoy (sea lo que sea) no es menor. Se trata de una votación en la Legislatura sobre el reconocimiento (o rechazo) de la diversidad existente en nuestra sociedad. Una diversidad (entre muchas otras) que existe socialmente, innegable desde el punto de vista sociológico. Por eso, no es casualidad que el Colegio de Trabajadores Sociales de Puerto Rico haya sido tan contundente en su apoyo al proyecto de ley, pues nadie puede decir que las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgénero no existen en Puerto Rico. Tampoco puede decirse que estas personas no comparte con el resto de la sociedad una humanidad común, que en vez de discutirse desde lo que es “natural” (concepto bastante debatible como manipulable) se debe entender desde la óptica del diario vivir. Pues de eso se tratan las medidas que se han presentado para garantizar a estas personas los mismos derechos que tenemos el resto. Lo que buscan estos proyectos de ley es proveer protección a unas personas a quienes se les ha negado el principio más básico de nuestra constitución: igualdad ante la ley. Porque no fue la constitución la que creó una distinción entre personas LGBT y las que no lo son (o no lo parecen), no fue la constitución la que dijo “estas personas merecen ser discriminadas, no se les pueden reconocer los mismos derechos en el empleo porque su ciudadanía es parcial porque no son una mayoría de la población.” Yo hoy apuesto a una legislatura que protege los derechos de las minorías, más allá de la opinión que tenga la mayoría de la población sobre el tema. No voy a negar que en parte apuesto con más fuerza a la legislatura porque sé que nuestro tribunal no es ese tribunal de la teoría que se guía por los principios de la constitución para proteger derechos humanos.

Quiero pensar que existe en esa legislatura una cierta enterza moral de poder mirar al final del día a sus familiares, amistades y personas conocidas que son LGBT y decirle que en esta democracia no hay tiranía de la mayoría. Hoy quisiera estar allí para vivir esto en directo, para estar frente al Capitolio cuando baje la votación y celebrar los esfuerzos de todas las personas solidarias que se han dado la tarea de explicar que hoy nos jugamos el futuro de inclusión o exlusión de muchas personas. Hoy se decide si se da reconocimiento formal al derecho que tienen estas personas a ser respetadas y consieradas en su diversidad o si se avala una discriminación que no se salva de ningún escrutinio liberal-democrático. No estar allí hoy me desespera.

Muertes, dolor y terror

Sabemos que la muerte es parte de la vida. Sabemos que la vida es la única oportunidad que conocemos de hacer y sentir, por lo que apostamos todos los días al despertar. Vivir es el ejercicio básico requerido para poder pensar en todo lo que llamamos importante: derechos, bienestar, amor, etc. Las muertes accidentales y las naturales nos dan tristeza, nos obligan a pensar sobre la brevedad y la fragilidad de nuestra existencia. Las muertes intencionales, las provocadas por alguien con un propósito definido, un objetivo específico (aunque no lo conozcamos aún) causan otro tipo de dolor. Lo que sigue a continuación son unas reflexiones sueltas sobre algunos eventos de muerte que me han llamado la atención en estos días.

En Puerto Rico, se ha estado discutiendo el tema de la pena capital por los casos criminales en el foro federal. Los últimos dos casos, aunque distintos en muchos aspectos, culminaron en un rechazo a la aplicación de este “castigo” a los hallados culpables de asesinato. Muchos comentarios he leído en Facebook y por otros medios sobre lo apropiado o no de  la pena capital, sus alegados beneficios o desventajas. Lo cierto es que pensar que el Estado tiene el poder de quitarle la vida a alguien de forma legal y legitimada (para algunas personas, por lo menos) me causa escalofríos. ¿Por qué puede el estado hace algo que sería ilegal si lo hiciera yo? ¿Por qué reacciona haciendo exactamente lo que pretende decir que está mal: quitar la vida a una persona? No soy experta en el tema, pero desde muy joven se me ha hecho difícil justificar actos así. También me parece inexplicable que, en el proceso, se observen personas con “sed de muerte” que expresan sin duda su deseo a que se le termine la vida a tal o más cual.

People Hold A Party In Trafalgar Square Following The Death Of Former British Prime Minister Margaret Thatcher

(foto de http://www.huffingtonpost.com/2013/04/13/anti-thatcher-party_n_3077787.html)

Mañana es el funeral estatal de Margaret Thatcher en Londres, supongo que personas llorarán, mientras otras celebrarán. Ya en el fin de semana Trafalgar Square se llenó de personas que festejaban su muerte gritando consignas como “Ding, dong, la bruja está muerta”. Sus políticas y su estilo levantaron pasiones durante su gobierno y continúan haciéndolo incluso después de su muerte. Pareciera que para algunas personas su muerte significaba algo grande, importante, trascendental, pero ¿qué cambios exactamente esperan en sus vidas tras la muerte de una persona? Es harto conocido que cuando una persona cesa de vivir, no mueren sus ideas, y eso ocurre en todo el espectro de las ideologías.

Hace varios días atrás, viendo la serie Newsroom, recordé aquel momento en que se anunció el asesinato de Osama Bin Laden. En el programa recreaban la emoción y la alegría que le causaba a la mayoría de las personas tan pronto se enteraban de la muerte de Bin Laden. A mí, sin embargo me recorrió una corriente de incomodidad. ¿No es un poco raro que la gente se alegre con la muerte de alguien, sin importar quién sea? Irónicamente, la única persona en la serie que mostró tener sentimientos encontrados sobre la situación era la única que fue afectada directamente por los eventos del 11 de septiembre. Me identifiqué con ella. No voy a negarlo, en algún momento en mi vida le deseé la muerte a alguien que me hizo mucho daño. No se la deseé como esperando que ocurriera algo que se la causara propiamente, no me imaginaba escenas en que alguien llegaba y le pegaba tres tiros, ni nada por el estilo. Simplemente pensaba que el día en que muriera yo me sentiría más libre, reivindicada o feliz. Pero ese sentimiento se pasó, no sé cuándo ni como, pero ya no pienso en esas cosas.

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(foto de http://www.guardian.co.uk/world)

En Boston, ayer murieron tres y quedaron cientos de personas heridas tras unas explosiones en el área de la línea de meta del maratón. Viví en Boston tres años maravillosos de mi vida, hice amistades que durarán lo que me quede de vida, la recuerdo como una ciudad acogedora y amigable. Me entristece conocer estos hechos, a pesar de conocer a las tres personas que murieron. Presumo que eran buenas personas, mi optimismo siempre me lleva por ese camino. Presumo que no merecían morir, mi aprecio por la vida siempre me trae este pensamiento automáticamente a la mente. Este tipo de muerte nos causan terror, los casos que mencioné anteriormente usualmente no tienen ese efecto. Por una lado esta esa otredad de creernos que a “lxs buenxs” no nos procesarían nunca por un delito que conlleve pena capital y esas otras personas que son “lxs malxs” se lo buscaron, se lo merecen.

Al otro lado del mundo, en Iraq, ayer murieron más de 30 personas en unos ataques con bombas. A algunas personas nos llama la atención, nos preocupa, cómo la guerra hace invisible las violencias particulares, cómo dejan de ser noticia de portada las muertes de decenas porque ocurren en tiempos bélicos. Pese a ello, yo sigo presumiendo que esa trentena no merecía morir. Pienso en sus vidas ya inexistentes, igual de valiosas que las del trío de Boston, que la mía y que la de aquellas personas condenadas a pena capital.

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(foto de http://www.telegraph.co.uk)

Cuando vivía en Boston, marché contra la guerra en Iraq. Parte del recorrido fue por áreas por donde pasa el maratón o muy cerca de la ruta. Me parecía una atrocidad irse a la guerra mientras se dejaba sin fondos a tantos programas de educación. Ese año, el centro de tutorías “Smile After-School”, donde trabajaba para mejorar las destrezas de lectura de niños y niñas inmigrantes, cerró por insuficiencia de fondos. Ayer, en ambos lugares, personas corrían en desesperación tratando de proteger sus vidas contra ataques por personas que, probablemente, no conocían.

Yo anoche no dormí bien, se me hizo difícil conciliar el sueño. Mientras, leía sobre teorías de derechos humanos, basadas en conceptos como “la libertad”. Hay que preguntarse libertad de qué, para qué, a cuesta de qué. Muchas de esas muertes celebradas, son sufridas por otras personas. Incluso, se trata de personas que en ciertos círculos puede que se les haya venerado como personas que hicieron lo que tenían que hacer para lograr lo que la situación necesitaba. Supieron hacer, sin miedos ni dudas exteriorizadas, lo que las circunstancias requerían que se hiciera. No sabemos mucho sobre el por qué del ataque de ayer en Boston. Sin embargo, yo no puedo dejar de pensar que quizás, sólo quizás, hay una conexión entre la forma en que a veces celebramos ciertas muertes y nos aterrorizamos con otras con el hecho de que el terror es una fuente de tanto poder… y hay muchas personas con ansias de poder.

fantasmas de closet

Un mes llevo tratando sin éxito. Lo digo de verdad, quería recibir el año con una entrada nueva, que fuera a tono con los buenos ánimos con los que empecé el 2013.  Sin embargo, a un mes del primer día del año todavía no había cumplido mi cometido. Hoy escribo sin la emoción de lo nuevo y sin mucha esperanza de lo que está por venir. Hoy pienso en el ayer en vez del mañana y quizás debía ser así. Y es que este año para mí es importante porque, aparte de que 13 es mi número de la suerte (era el que usaba en mi camiseta de fútbol cuando podía escoger), significa un cambio diferente al del 2012. Me gusta la idea de cumplir 30 este próximo diciembre, sé que los recibiré mejor que mis 29. Aquel día primero de mes desperté con la pesadez de la juventud vivida, con la tristeza de la espontaneidad perdida y de las dudas arrepentidas. Ese malsabor tenía sabor añejo, a cuento contado, a historia repetida, a noticia de ayer, o antes de ayer. No es casualidad que a partir de ese día comencé un proceso reflexivo que me llevó a la cama del agotamiento, literalmente.

Me explico. El 2012 cerró un periodo de hermetismo tóxico. Hace unos años atrás, una señora que sabe leer los ánimos y las disposiciones me dijo que yo había puesto un candado a mi corazón, que andaba con el corazón helado. Me recomendó tener cuidado y me advirtió de los efectos nocivos de esa situación. Hace poco más de un año atrás un chamán que conocí por casualidad me contó que las hojas de mate mostraban en mi pasado eventos fuertes que me marcaron y que he querido dejar atrás, que he logrado que no afecten mi presente. Resulta que tenían razón hasta cierto punto. He querido centrarme tanto en el hoy, que he estado evitando enfrentarme a fantasmas del pasado. Me he limitado a racionalizar por qué pudo pasar o a qué se debió. A veces, por periodos, incluso de forma secreta y obsesiva . Después de todo, los fantasmas no se ven, por lo menos el resto de la gente no los ve, o no los debería ver. Yo tampoco los quería ver, no quería saber si estaban o no, al menor indicio de visibilidad, les huía. Me refugié muchas veces en licores y conversaciones, otras menos frecuentes en brazos ajenos no-amenazantes. Así los días pasaron a meses y llegué a olvidar la existencia de los dichosos fantasmas.

De pronto, estaba en Londres, fue una decisión importante para mí en el ámbito personal y profesional. Quería estar, aprender, vivir la experiencia londinense. Pero vivir en el exterior a veces tiene un efecto de acercamiento a lo doméstico y lo íntimo. Al poco de pisar suelo desconocido, una sensación inquietante se adueñó de mi sombra. Algunas horas me dejaba tranquila, pero cualquier amague de estabilidad provocaba una intromisión en mi sueño –o falta de– mi apetito o mi ánimo. Supongo que no fue casualidad que terminara yendo a ver el Fantasma de la Ópera y saliera con una mezcla de sentimientos, de la cual resalto cierto desasosiego. Ya conocía la historia de la ópera, hace unos años me devoré la novela, hechizada por la historia de aquella joven ingenua, su secreto y su fascinación por ese ser misterioso.  A mí me intrigan los misterios, pero no me gustan los secretos. Aun así, siempre han estado presente en mí o a mi alrededor.  No sé cómo no até todo antes, pero en diciembre me di cuenta de que, en cada cuarto y cada rincón de mi ser, guardo un fantasma, un miedo o sentimiento secreto.

Son años de fantasmas que circulan en espirales y que juegan al esconder. Fueron años de secretos ignorados y otro tanto de meses de sentimientos enterrados. En fin, me di cuenta que, al partir de la isla, creé mi propia isla. Me aislé, pretendiendo refugiarme en una soledad en sociedad, en la compañía sin sentido, en el pasar de la rutina, en la afectividad hueca. Y así de la nada, un día cualquiera me desahogué el agobio que sentía, la presión autoinfligida por miedo a perder el control, a revivir la vulnerabilidad, a no ser quien he creído… Entonces me di cuenta que ya me daba miedo el miedo, que ya no podía huirle a los fantasmas, que tendría que sacarlos y encararlos. Mientras vertía sentimientos, corría el llanto… en esta ocasión no era agua que salía por mis ojos, era puro sentimiento.

Desde ese día no he podido volver atrás, no he podido poner una reja o erigir una pared. He estado con los sentimientos a flor de piel, recordando con el nudo en la garganta e intentando sanar. Todo me conmueve y me hace llorar. Luego de tanto tiempo de estar “fría y rígida” (en palabras de mi madre) sin botar una lágrima, me hacía falta destapar. Era tan drástico el cambio, que un día entre lágrimas de emoción saludable escribí: Cierra la llave de paso, que se escapa el agua. Se rompió, no sé qué lo causó. Cuidado al abrir la llave, que sale de a chorros. No hay cómo controlarlo, es todo o nada. Si quieres agua, o sale toda de golpe o no sale. Mejor no, deja que pase.

Entonces decidí disfrutar mi año de la suerte, mi resolución para el 2013: no huir más de mis fantasmas y aprender a vivir en paz conmigo y mi soledad.

sobre “justicias” y “servicios” insensibles

Ayer, muchas personas en Puerto Rico se estremecieron con la historia de Marianette, quien con hematomas y traumas en el cuerpo prestó testimonio en una vista de Regla 6 a los efectos de que quien le propició esas lesiones fue su pareja. Aunque la policía que intervino no notificó a la Unidad de Violencia Doméstica para que asumiera jurisdicción en la investigación y le dijeron a Marianette que debía ir al cuartel a presentar la denuncia, el caso se llevó ante la jueza Anselma Cabrera, del Tribunal de Aguada, quien no encontró causa contra el compañero de Marianette, quien de paso es abogado. Lo que ha sorprendido a mucha gente es las deficiencias evidentes en el procesamiento de un caso que trata de una violencia tan gráfica. Acá la noticia.

En un caso, quizás menos obvio, en el 2011, un juez de la Audiencia Nacional de Murcia, España, dictó una sentencia en la que afirma que “llamar “zorra” a su expareja no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz.” El caso era de violencia doméstica y junto a halagarla de zorra, le dijo que el hijo que tienen en común la vería en una caja de pino (ataúd). La Audiencia redujo la sentencia porque consideró que no estaba el componente de género, ya que la expresión “zorra” puede utilizarse con varias acepcipnes y no necesariamente proyecta un desprecio hacia la mujer. Quizás valga destacar que el acusado tenía antecedentes por condenas similares de malos tratos. Esta noticia me la recordó hoy una amiga al compartir en facebook una carta-amparo al juez por un altercado con un vecino en el que se habían intercambiado insultos o halagos. Acá la noticia sobre los hechos originales.

Entretanto, anoche tuve la oportunidad de ir a una charla sobre Asilo en Reino Unido, con énfasis en las personas LGB. Los panelistas eran Bisi Alimi, un nigeriano activista de derechos humanos que en el 2004 se convirtió en el primer nigeriano en declarar públicalmente su sexualidad en televisión nacional. Luego de amenazas de muerte y un intento de asesinato, solicitó asilo en el Reino Unido, el cual le fue concedido en el 2008. El otro panelista era Paul Dillane, un investigador sobre el tema para Amnistía Internacional, quien también trabajó por un tiempo como abogado de inmigración, específicamente casos de refugiados. Ambos compartieron sus experiencias sobre estos procesos, comentaron algunas dificultades técnicas y otros aspectos sociales de vivir como refugiado lejos de casa mientras se sufre exclusión de  la comunidad de paisanos que viven en tu nuevo país de residencia por el mero hecho de ser LGB. Me llamó la atención particularmente que como parte del proceso de solicitud, los oficiales del gobierno le piden a quien solicita que “pruebe” que es una persona LGB que teme por su vida. Con este objetivo en mente, muchas veces les piden que detallen hechos de su vida sexual con su pareja.

Lo que me hace relacionar este conversatorio con los dos casos de violencia doméstica mencionados, es el problema de lo que se ha venido conociendo como la cultura de incredulidad por parte de oficiales del servicio público. Comentaba Paul que una persona que solicita asilo se expone a que le digan “tú mientes, no eres gay, no eres lesbiana, no has sido violada/o, no te han perseguido, al psicólogo lo engañaste, el reporte médico no es lo suficientemente bueno”. Un ejemplo específico fue muy ilustrativo, pues indicó que, en el 2011, un juez le negó la solicitud de asilo a una clienta luego de declarar “tú no puedes ser lesbiana porque la homosexualidad está prohibida en tu país y no puede ser que hayas estado sexualmente con una mujer porque una persona no haría esa conducta si está prohibida en su país”. Este razonamiento como mínimo provoca levantar la ceja o mirar con cara de signo de interrogación. Aseverar que algo no ocurrió porque está prohibido es querer negar un hecho a base de un precepto, simplemente no tiene sentido.

Sucede que el Reino Unido es un país en que, como norma, importan los derechos humanos y se hacen esfuerzos para protegerlos. Se ha pasado legislación, se han preparado guías de buenas prácticas y se provee capacitación para oficiales del servicio público, jueces y juezas, etc. Todo esto, en gran medida, gracias al intercambio que tienen con ONG’s que trabajan temas de derechos humanos, como es el caso de Amnistía Internacional quien provee reportes sobre la situación en los países donde viven las personas LGB que solicitan asilo. No me cabe duda que el movimiento feminista en España ha impulsado o colaborado de alguna forma con la institucionalización de medidas sobre cómo atender casos de violencia doméstica, cuál es la realidad socio-cultural y cuáles son las prácticas más adecuadas para respetar la dignidad de la persona que solicita “justicia” para la situación que vive. Es lo mismo que solicitaba Marianette al presentar su denuncia, salir del silencio del maltrato y sentarse a testificar. Sé, por propio conocimiento, que en Puerto Rico también existen iniciativas institucionalizadas para sensibilizar a quienes administran la justicia. Hay leyes, reglamentos, protocolos que proveen unas ciertas guías de cómo manejar casos de esta naturaleza, casos de discriminación extrema a base de género o sexualidad. Estamos en ese camino, pero también me consta que todavía falta mucho por hacer respecto a esta atención formal.

Pero a esa atención formal se suma una capa que es un problema de fondo, substantivo. De poco nos vale tener todas las herramientas para impartir justicia, si luego no se hace, si siempre se halla una justificación o excusa. En ese sentido, actúan igual quien no cree un testimonio de maltrato físico a pesar de ver las lesiones o sus residuos, quien entre varias acepciones define un término como “zorra” sin considerar el contexto en que se pronunció y quien no le cree a una persona que teme por su vida luego de ser amenazado por ser abiertamente gay, cuando esa persona tiene alegadamente la opción de vivir su sexualidad discretamente para evitar la discriminación directa. Estos jueces y juezas obvian el punto mismo de las medidas cautelares y los remedios legales, que tienen a su disposición por las mismas razones socio-culturales que causan que el caso esté ante su consideración en primer lugar: el machismo y la homofobia.  La heteronormatividad y  el patriarcado, entendido como el mantenimiento del género masculino en una relación de superioridad respecto al género femenino, también se recrean en las salas judiciales. Atender esa situación no se logra con explicaciones más “sutiles” sobre malas decisiones o falta de razonabilidad en el análisis. Recurrir a esos discursos es faltarle a la verdad.

La cultura de incredulidad no es consecuencia del debido proceso, de una consideración al peso de la prueba o de un margen de apreciación. La evidencia está en que estos casos se tratan diferentes a muchos otros en los que no se está el elemento de género o sexualidad. Ayer Paul nos dio de ejemplo que en los casos que llevaba sobre asilo por persecución religiosa, no se observaba esta incredulidad sobre si la persona católica en país musulmán verdaderamente vivía una vida religiosa en su intimidad. Era muy probable que bastara una carta que afirmara su participación en la comunidad, pero en el caso del gay, una carta similar era insuficiente. La distinción, como mínimo, debe levantar una bandera, o un banderín.

El servicio público y la administración de la justicia tienen un propósito claro que no puede realizarse ignorando los derechos humanos. Las desconsideraciones hacia elementos de género o de sexualidad son muestra de la complejidad del tema. La institucionalización de medidas legales para erradicar la discriminación en todas sus formas es condición necesaria para lograr cualquier cambio. Sin embargo, países con mayor compromiso institucional formal que Puerto Rico, en relación a los derechos humanos nos deja ver que además hace falta movilizar una maquinaria mediática, educativa y de políticas que permeen el ambiente y la socialización. Es imperativo el involucramiento de personas activistas y de muchas más que no lo sean habitualmente en los proceso de política pública. También hace falta ser sensible a la discriminación en el día a día, en nuestras relaciones con conocidos, amistades y familiares. No basta con indignarse en silencio.

Advertencia: demasiado feminista… para tu gusto

Hoy un compañero del programa de estudios se acercó a mí y me dijo “tú eres demasiado feminista”, pregunté por qué y, aunque todavía no estoy segura la médula de la crítica, creo que iba por la línea de: entiendo que luchen por los derechos de las mujeres y la igualdad, pero a veces son muy radicales, al punto de cuestionar la relación natural entre hombres y mujeres. Yo le pregunté por ejemplos específicos que le parecían radicales sobre mis posturas y, aunque no me supo dar detalles, me preguntó si creía que los hombres debían ser caballerosos. Esta conversación-debate-discusión, no sé ni como definirla, se tornó en una diálogo entre gente sordomuda. Quizás eran las copas, quizás eran las ideas. Como me pasa a veces, me exalté en mi defensa de ser “muy feminista” y me dijo que era violenta con mi forma de hablar. El diálogo no fluía y yo dejé de intentarlo, lo invité a tomar un café cuando guste intercambiar ideas seriamente.

Como es típico en mí, me quedé pensando en el tema. No es menor el punto que me trae este auto-proclamado conservador que respeta muchísimo a las mujeres. No es la primera persona que me dice que soy muy radical, ni será la última, aunque yo nunca me he visto a mí misma así, aunque crea que mis ideas tienen fundamento, aunque piense que el adjetivo es un mero prejuicio.

Sé que la palabra feminista es mal vista en estos días. Sé que a muchas mujeres independientes, agentes propias de sus vidas, les ofendería que les llamen feministas. Sé que quedarse sola asusta. Pero también sé que hay opiniones que tengo claras que se tildan de “feministas” y que hay otros asuntos sobre los que no tengo una opinión definida. Sé que muchas veces no coincido con mis amigas feministas sobre posturas ligadas a lo que es el discrimen por género. Sé que mucha gente que se niega a autoproclamarse feminista cree sinceramente en la equidad de género y dirían algo –aunque sea en privado– si observan alguna forma de discriminación contra una mujer.

Entonces me preguntó qué ven en las luchas feministas más allá de una lucha por los derechos, una lucha anti-discriminación. Podemos discrepar sobre ciertas formas de discriminación, sobre qué constituye discriminación, así como discrepamos sobre otros derechos, pero hay que hablarlo, con respeto y sin prejuicios. Quizás para alguien regalar muñecas a todas sus sobrinas y pistolas de juguete a todos sus sobrinos no es reforzar estereotipos que mantienen a la mujer en una situación de dependencia al hombre que termina por ser discriminatoria a largo plazo o la mayor disposición de los hombres a ser físicamente violentos. Quizás no está ahí el problema, quizás ni abona ni nada, quizás no es cierto que todo sea una construcción social de géneros. No lo sé con certeza, pero sí lo creo.

En cuanto al tema de la caballerosidad, quienes me conocen saben que no me importa nada, no lo exijo, ni lo espero, ni me interesa en mis relaciones con hombres (porque no los odio y a veces hasta me gustan algunos). Me parece que socialmente debe haber una cortesía con todo el mundo, una consideración de, por ejemplo, aguantar puertas si la abres y alguien viene justo detrás, entre otras minucias de buenos modales que debemos practicar todos y todas para una convivencia más placentera.

La mayoría de la gente que critica el feminismo no conoce el término dentro de su contexto teórico, menos las dinámicas internas de los movimientos feministas. Quienes conocemos un poco o un poco más, aseguramos que no hay un solo feminismo. Pero, sobre todo, aseveramos que el feminismo es la búsqueda de la eliminación de toda forma de discriminación hacia las mujeres. Sí, discriminación. No coincidimos en cuál es el mejor abordaje, ni en algunas especificidades de situaciones o casos sobre si llegan a ser discriminación o no, ni en cuál es la mejor estrategia para que la equidad sea la norma. Sin embargo, el norte sigue siendo el mismo.

Para alguna gente, el beso que me tiró un tipo que pasaba en motora mientras no me daba paso no es razón para incomodarme. Exagero, qué tiene de malo que me coqueteen, el problema no es el beso, es que soy demasiado feminista. Pues, puede ser. Pero, cualquiera que me conoce sabe que no soy anti-coqueteo, yo misma coqueteo, y mucho. Sobre la razonabilidad de mi incomodidad, mejor que le pregunten a mujeres “no feministas” si les “gustan” los “piropos” y besos lanzados por desconocidos. La respuesta más a favor de estos gestos y comentarios que he escuchado es “yo simplemente los ignoro.”

Siempre me he considerado una persona crítica, no me “caso” con nadie, ni con ideas generales ni con posturas particulares. Me gusta que pongan en duda mis opiniones y que me expongan nuevos puntos de vista, pero no acepto que me estereotipen a base de un prejuicio, de ser “demasiado feminista”.